"El cuento ha cambiado, el zapato no se ha encontrado. Caperucita se come al lobo, el principe se vuelve sapo, la princesa tiene estrias, hay que cenar con la madrastra en nochevieja, el hada madrina se jubiló y los enanos trabajan en el circo."

martes, 10 de julio de 2012

Capítulos 13 y 14


Capítulo 13

Peter recorría de un extremo a otro su oficina. Debido a que el espacio era más bien escaso, el recorrido no resultaba particularmente agotador, pero tampoco conseguía calmarle, tal como había confiado. Ya había atravesado de un extremo a otro el patio de exposición de la tienda de vehículos usados al tiempo que recolocaba los carteles de SE VENDE y se cercioraba de que las poco elegantes banderitas de papel que adornaban el perímetro del solar ondearan debidamente bajo la brisa, pero aquello tampoco había servido para serenarle. Además, era un día muy frío. Por la mañana, el hombre del tiempo de Radio Cuatro —la emisora favorita de los padres de Peter— había anunciado que la primavera estaba en camino, pero no daba la impresión de que nadie hubiera avisado de ello a los elementos climatológicos. Por lo que Peter interpretaba, aún seguían resueltamente estancados en el invierno.
Se detuvo ante el escritorio. Reorganizó sus papeles en montones más ordenados y colocó la silla de confidente en una posición más desenfadada. Camino al trabajo, se había detenido en la frutería del barrio, donde había adquirido un vistoso ramo de flores que ahora procedió a ahuecar en el jarrón que había cogido a hurtadillas de un armario de la cocina de su madre. Las flores aportaban un toque de color muy necesario a un panorama, por lo demás, insulso y más bien mugriento. Tal vez debería haber cogido también un trapo y un aerosol para el polvo. Peter se frotó las manos con objeto de tranquilizarse. Se preguntó si el ambiente resultaba lo bastante acogedor. Durante los meses más fríos, la línea divisoria entre mantener la oficina a una temperatura agradable y calentar el exterior a través de los múltiples huecos en los marcos de las ventanas se traspasaba con facilidad.
Peter hizo girar los hombros en un esfuerzo por librarse de la contractura que los agarrotaba.
«Hola —se dijo a sí mismo—. Peter Lanzani.»
Estiró el brazo y realizó un imaginario apretón de manos.
«Demasiado serio. Demasiado serio. Relájate. Relájate.»
Nunca había imaginado que la contratación de personal fuera una tarea tan abrumadora, pero la agencia de empleo le había advertido que últimamente lo único que querían las mujeres jóvenes era trabajar en el campo de las relaciones públicas y medios de comunicación o en bares de copas de última moda; al parecer, no mostraban interés en destartaladas tiendas de vehículos de ocasión en las que se ofrecían un sueldo bajo, condiciones terribles y expectativas de promoción nulas. Lo que probablemente significaba que Peter iba a acabar cargando con una inadaptada social o una psicópata demente como secretaria de confianza. Aun así, volvió la vista al curriculum colocado sobre el escritorio, en lo alto de un montón de papeles. Parecía extraordinario, de tal forma que Peter estaba decidido a hacer un buen papel para que, con un poco de suerte, aquella joven en particular recibiera una impresión favorable. También se daba la circunstancia de que era el único curriculum que le habían enviado de la agencia de empleo. Peter se ajustó la corbata.
«Hola. Peter Lanzani. tomse asiento, por favor.»
Indicó la silla, colocada en una posición un tanto peculiar. Se hallaba considerando si debía cambiarla de sitio otra vez cuando escuchó una tímida llamada en la puerta de la caseta prefabricada.
Peter volvió a ajustarse la corbata y se encaminó a la puerta. Cuando la abrió, sintió una ligera alarma al encontrarse con la mujer que había conocido en el despacho de abogados, la cual mostraba un atractivo aspecto sonrojado, aunque un tanto sombrío debido al traje de chaqueta negro que vestía. ¿Cómo había dicho que se llamaba? Y, más importante aún, ¿cómo había averiguado el paradero de Peter?
—Mierda.
Peter cerró la puerta. Era un mal momento. Se alisó el pelo y se ajustó la corbata por tercera vez. Se dispuso a volver a abrir la puerta, pero el cuerpo entero se le había paralizado en contra de su voluntad.
Se escuchó otra llamada. Esta vez bastante más contundente.
—Mierda. Mierda.
Antes de que el coraje le abandonara, Peter volvió a abrir la puerta de un tirón.
—Hola —dijo la mujer.
—¿Qué haces aquí?
—Vengo por lo del trabajo.
—¿Por lo del trabajo?
—¿Por qué si no iba a haber venido?
—No lo sé —respondió Peter.
—Será mejor que me presente como es debido —dijo ella—. Me llamo Lali, Lali Esposito. Y lamento muchísimo llegar tarde.
—Ah, ¿sí? —Peter echó un vistazo a su reloj—. No te esperaba hasta dentro de media hora.
Una sombra recorrió el rostro de la recién llegada, si bien sus hombros en tensión parecieron relajarse en cierta medida.
—¿Puedo entrar? —dejando a un lado a Peter, entró en la oficina, la cual examinó con aire consternado.
—¿Esto es todo?
—Me temo que sí.
—No está mal —repuso Lali forzando una sonrisa.
—Lo último que querías era trabajar en un cuartucho. Y cito textualmente —dijo Peter—. Por desgracia, no hay muchos cuartuchos peores que éste.
—Estoy desesperada —admitió Lali con un suspiro melancólico.
—Entiendo.
Sin saber qué hacer, ambos se quedaron de pie, intercambiando miradas expectantes.
—¿Es que no vas a entrevistarme? —preguntó Lali por fin.
—Ah, sí. Claro. Quieres que te entreviste, ¿eh?
—Esa era la idea, creo yo.
—Nunca he tenido secretaria —confesó Peter—. No sé muy bien lo que hay que hacer.
Lali sonrió con timidez.
—¿Qué clase de funciones tienes en mente?
Peter le brindó una sonrisa alentadora. A pesar de su actitud jactanciosa y llena de seguridad, Lali parecía sorprendentemente vulnerable.
—¿Se te da bien preparar el té?
—La verdad es que no.
—Ya. Bueno, a mí sí. Prepararé un par de tazas mientras te pones cómoda.
Peter señaló la silla con el mismo gesto que había ensayado con anterioridad. Lali Agusó asiento y permaneció con el bolso pegado a las rodillas.
Peter se afanó en preparar el té mientras Lali trataba de leer al revés los papeles que había en el escritorio. Peter se fijó en que, al sentarse, la falda se le había subido hasta los muslos. ¿Eran imaginaciones suyas o es que de repente hacía un calor agobiante en la habitación? ¿Acaso los hombres de cierta edad padecen de sofocos? Lali era una monada. Una auténtica monada, más aún de lo que él recordaba, y le sorprendía lo mucho que recordaba acerca de ella, si bien, en un despiste típicamente masculino, se le había olvidado su nombre, si es que alguna vez había llegado a escucharlo. Colocó el té en una bandeja que depositó sobre el escritorio. Entregó un tazón a Lali al tiempo que se percataba de que ella, con ademán nervioso, volvía a colocarse la falda a la altura de las rodillas antes de coger la infusión.
—En fin —dijo Peter—, la agencia de empleo me envió un fax con tu curriculum.
Peter podría jurar que había visto bajar un nudo por la garganta de Lali. Se sentó al escritorio y recogió una hoja de papel.
—«Licenciatura en Ciencias Empresariales.»
Ella esbozó una sonrisa nerviosa.
—Cinco años como ayudante personal de Richard Branson.
La sonrisa se desvaneció del rostro de Lali, quien comenzó a rebullirse en su asiento. Ambos recorrieron con la vista la destartalada oficina.
—Más tarde, un empleo temporal en Nueva York, con Donald Trump.
Lali se había deslizado hasta el borde de la silla y sujetaba el tazón de té a modo de barrera.
Peter le dirigió una sonrisa amable.
—Cuando nos conocimos en el bufete de abogados, me pareció entender que no habías trabajado nunca.
—No me gusta darme bombo —respondió ella con voz tirante.
—Sin embargo, no parece que te importe dar gato por liebre.
Lali se puso de pie y le arrancó el curriculum de las manos.
—Tengo que irme —dijo—. Gracias por el té. El que yo hago es mejor, la verdad.
—Espera.
Peter suspiró. Por alguna inexplicable razón, no podía dejar que se marchara en aquellas circunstancias. Mientras examinaba el negocio de su propiedad, Peter cayó en la cuenta de que lo había descuidado durante un tiempo excesivo. No es que confiara en que Lali Esposito entrara en escena y le convirtiera de la noche a la mañana en un Donald Trump, pero sí necesitaba a alguien que le estimulara a aspirar más alto. Qué extraño. Con Eugenia, semejante actitud le había parecido un fastidio. Pero, en efecto, su pequeño negocio podía convertirse en algo grande si Peter pudiera conseguir organizarse —o que otra persona le organizara— y ponerlo a punto. Para eso no se requería una licenciatura en Ciencias Empresariales. Desde que él y Eugenia habían roto, tenía la sensación de moverse a través de una densa niebla. Apenas recordaba los primeros meses tras la ruptura, en los que carecía por completo de los recursos para dirigir una empresa. Pues bien, había llegado el momento de respirar aire fresco.
—¿Has usado un ordenador alguna vez?
—Tengo una báscula de baño digital —replicó Lali—. Llegar a entenderla es una pesadilla. No creo que un ordenador sea mucho más complicado.
Peter soltó una carcajada.
—Aprendo con rapidez —continuó ella sin respiro—. Me podrías enseñar.
—Lali...
—Mira —le interrumpió ella—, desde la primera vez que te vi supe que existía afinidad entre nosotros. Somos almas gemelas.
—Lali...
—Peter, necesito el trabajo —suplicó ella—. Lo necesito desesperadamente. Dame una semana. Trabajaré una semana y si en ese tiempo no consigo que este negocio funcione como..., como...
—¿Como el imperio de Donald Trump?
—Si no funciona exactamente como el imperio de Donald Trump —prosiguió ella con una sonrisa burlona—, me despides y tan amigos.
—Lali...
—No digas que no, por favor —tenía los ojos cuajados de lágrimas—. Por favor te lo pido, no me digas que no. Me siento incapaz de volver a enfrentarme a esa mujer engreída de la agencia de empleo.
—Lali —repitió Peter con paciencia—, el trabajo es tuyo.
Lali atravesó la estancia, rodeó a Peter con sus brazos y le plantó un beso en la boca. El tuvo que hacer uso de toda su entereza para no desplomarse del sillón.
—Creo que me he enamorado de ti —dijo ella.
Peter notaba la huella de los labios de Lali en los suyos; sabían a fresa, a cereza y a toda clase de frutas de verano. Por alguna intrincada razón, la perspectiva de tener a Lali en la oficina de manera permanente le resultaba de lo más alentadora.
—Me basta con tu gratitud eterna.
Lali, llevada por la emoción, batió las palmas.
—Bueno, ¿y cuándo quieres que empiece?
—Cuanto antes, mejor —propuso Peter, al tiempo que lanzaba una lánguida mirada al papeleo—. No creo que todo esto vaya a organizarse por arte de magia de un día para otro.
—¿Mañana?
—¿Por qué no?
—Entonces, está decidido: mañana. ¿A las nueve?
—Que sea a las diez —sugirió Peter—. Esta noche Nico, que se supone que es mi mejor amigo, me va a sacar por ahí, aunque a rastras. Será mi regreso a la vida de soltero. Vamos a una patética discoteca para solteros y divorciados —hizo una mueca de disgusto—. Estará llena de mujeres de vida alegre, feas y desesperadas, con más hijos que los Von Trapp.
—Suena genial —repuso ella—. Que lo paséis bien.
—No lo soportaré —confesó Peter—. Ni un solo minuto.
Lali se encaminó hacia la puerta.
—¿Y tú? ¿Vas a hacer algo esta noche? —preguntó.
—¿Yo? —Lali soltó un bufido—. No. Me acostaré temprano. Mañana tengo que estar rebosante de alegría y entusiasmo. Quiero impresionar a mi nuevo jefe.
—Te irá muy bien. He oído que se deja convencer con facilidad.
—¿En serio? A mí me han dicho que es una buena persona.
—No des crédito a todo lo que oigas —le advirtió Peter—. No tienes ni idea de lo déspota que puedo llegar a ser.
—Hasta mañana —dijo Lali—. Y gracias otra vez. Te lo agradezco de veras.
—De nada.
—Peter —Lali se detuvo con la mano en la puerta—, lo del título en Ciencias Empresariales es verdad.
—¡No me digas!
—Sí —respondió ella con orgullo—. Bueno, casi. Hice un curso de dos años en la escuela universitaria de la zona. Pero saqué la máxima nota.
—Seguro que podremos sacarle partido —respondió Peter—. ¿Y qué me dices de lo de preparar el té?
—No —Lali se mordió el labio—. Hago un té espantoso.
Peter se encogió de hombros.
—Nadie es perfecto.
—Es verdad.
—Formaremos un gran equipo —aseguró Peter—. Hasta mañana.

Capítulo 14

Sigo a Cande hasta la cocina y mi amiga, que me conoce, se encamina derecha al hervidor de agua.
—¿No están los niños? —la inconfundible ausencia de ruido ensordecedor me ofrece la pista. Además, no da la impresión de que en la cocina acabe de explotar una bomba.
—Ya estaba harta —admite Cande—. Los he encerrado en el sótano.
—Pero si no tienes sótano.
—¡Maldita sea! —responde mi amiga—. En ese caso, deben de estar con la madre de Agus. No te importa, ¿verdad?
—No —contesto yo—. Estoy de tan buen humor que no pienso preocuparme por una minucia tal como que mi mejor amiga y supuesta canguro se quite de encima a mi único hijo varón y se lo transfiera a su pobre suegra.
Yo le endoso mi hijo a Cande y ella se lo pasa a la madre de Agus. Cande no acostumbra a endosarme los suyos, pues sabe que ahora mi madre vive demasiado lejos y no puedo seguir la cadena de transmisión. Así funciona nuestro mundo. Para lo que sirve el marido de Cande, es como si mi amiga estuviera a cargo de una familia monoparental.
—Bueno —digo yo, volviendo a mi tema—, ¿es que no vas a preguntarme?
—¡Claro! —exclama Cande—. ¿Has conseguido el trabajo?
Doy un puñetazo en el aire a la manera de los futbolistas de Primera División cuando marcan un gol particularmente espléndido. Cande se une al regocijo ejecutando unos triunfales pasos de baile.
—Esto hay que celebrarlo —anuncia.
—Desde luego —coincido yo—. Trae las galletas de chocolate.
—Ahora mismo —dice mi amiga, y acto seguido saca la lata de galletas—. ¿Cómo diablos lo has logrado?
—El trabajo es en una tienda de coches de segunda mano. No te lo vas a creer: el dueño es el tipo ese que conocí en el bufete de abogados el otro día. Peter.
—Ah, Peter —Cande hace una mala imitación de mi sonrisa afectada—. El que pensaba que eras una chica sensual y sin hijos.
—Eso es —admito yo—. Y aún piensa lo mismo.
—Vaya...
—Además, se ha dado cuenta de que no sé manejar un ordenador, preparar té ni realizar cualquier otra actividad que en lo más remoto pudiera resultar útil en una oficina —sigo sin tener ni idea de por qué me dio el trabajo.
—¿Te ofreciste a acostarte con él? —mi amiga tampoco tiene ni idea.
—No, nada de eso —aunque, si soy sincera, podría haber contemplado la posibilidad—. Le dije que existía una afinidad entre nosotros.
—¿Y entendió lo que querías decir?
—Sí —respondo yo con aire pensativo.
—Madre mía, sí que es un buen comienzo —Cande retira la tapa de la lata de galletas de chocolate y examina el interior—. Ya sabes que probablemente quiera hacerte cosas antinaturales encima de su escritorio —comenta mientras selecciona un barquillo de chocolate blanco que procede a masticar con deleite. Acto seguido, arquea las cejas con entusiasmo—. ¡Qué suerte tienes! ¿Y si me consigues otro empleo igual?
—Empiezo mañana —le digo.
—¡Genial! Podemos celebrarlo esta noche.
—¿Esta noche?
Cande pone los brazos en jarras.
—¡No me digas que no te acuerdas de nuestra noche de juerga!
—¡Vaya por Dios! ¿Era hoy?
Cande se muestra compungida.
—No me irás a fallar ahora. Llevo semanas esperando este momento.
—Le he prometido a mi jefe que me acostaré temprano.
—No se va a enterar —replica Cande—. Los hombres virtuosos que entienden el significado de la palabra «afinidad» no van a donde vamos a ir nosotras.
Mi amiga se está pavoneando. Su actitud debería asustarme.
—No sé...
—Lali, es mi única noche de libertad —suplica—. Una noche sin Agus. Una noche en la que puedo fingir que no soy una esclava de la casa, con dos niños agotadores y un marido que es apático terminal.
—Bueno... —queda claro que no me asusta lo suficiente.
—Te prestaré uno de mis conjuntos de fulana, de esos llenos de lentejuelas y que se te pegan al trasero.
Me rindo. Mi amiga me lee la mente con la facilidad de Derren Brown.
—De acuerdo. No me dejas opción.
—Y no lo lamentarás —asegura Cande.
—Ah, ¿no? —respondo—. ¡Y yo que pensaba que nos lo íbamos a pasar en grande!

domingo, 8 de julio de 2012

Capítulos 11 y 12


Capítulos dedicados a Lina por ser la primera que firmó!
A partir de ahora subiré capítulos de dos en dos porque sino se quedan muy cortos.
Espero que os guste! Besos

Capítulo 11

El dormitorio de Peter no había cambiado desde que él tenía catorce años, y se preguntó si alguna vez sería capaz de encontrarse satisfecho sobre el particular. Cuando todos sus compañeros escuchaban a Deep Purple y pintaban de negro sus habitaciones, la de Peter seguía decorada con dibujos de aviones y contenía una librería de lo más cursi cuya parte posterior, eso sí, le servía para esconder revistas pornográficas. Su osito de peluche, Georgie Best, seguía ahí plantado como siempre, sonriendo amablemente, con las patas extendidas entre la sobrecarga de libros de la balda superior.
Ahora que había vuelto a casa, su cuarto le ponía los pelos de punta, como si se tratara de una especie de altar dedicado a todo lo que Peter aborrecía. Unos cuantos pósters de fútbol manoseados ocultaban los biplanos del papel pintado, y le vino a la memoria lo furiosa que se había puesto su madre cuando él los colocó en la pared con plastilina adhesiva. Peter exhaló un suspiro para sus adentros. Aquellas sublevaciones de la infancia siempre habían ocurrido a pequeña escala, igual que en la actualidad.
Bajó la vista para mirarse. Por razones que sólo su madre comprendía, llevaba puesto un pijama de su padre. El hecho de haber visto a su hijo envuelto en una simple toalla camino del cuarto de baño había supuesto un asalto excesivo a la sensibilidad de Claudia. Tal vez le recordó con excesiva crudeza que ya no era su niño pequeño. En un gesto de desafío, Peter se quitó la parte de arriba del pijama y la arrojó al suelo. Tenía que marcharse de aquella casa lo antes posible, antes de que su madre consiguiera sobreprotegerle hasta el punto de anular cualquier intento por parte de Peter de funcionar en el mundo real como cualquier adulto independiente. Alguien llamó a la puerta con suavidad. Peter soltó un gruñido silencioso.
Su madre asomó la cabeza por la puerta.
—¿Estás durmiendo?
—Sí —respondió Peter.
—Soy yo.
—Ah, creía que Meg Ryan venía a violarme.
Su madre le apartó los pies a un lado y se sentó en el extremo de la estrecha cama individual.
—A veces hablas igual que tu padre. ¿Te apetece una taza de chocolate caliente?
Peter se incorporó en la cama y su madre le pasó el tazón al tiempo que clavaba las pupilas en la parte superior del pijama, tirada en el suelo, y evitaba mirar el torso desnudo de su hijo. Ante esta pequeña victoria, Peter esbozó una sonrisa.
—Gracias, mamá.
—Estuviste muy bien en el baile. Todos comentaron que te movías con mucha soltura.
Claudia le dio unas palmadas en la pierna, oculta bajo la ropa de cama. En la casa de los Lanzani no existían las fundas nórdicas, y Peter volvía a encontrarse con sábanas y mantas «como Dios manda». Los edredones resultaban demasiado escandinavos para el gusto de su madre. Peter añoraba su propia cama, con sus mullidas capas de plumón de ganso. Y también añoraba, más de lo que nadie podía imaginar, la manera en la que Eugenia se introducía a su lado, arqueaba el cuerpo fresco y terso y lo apretaba contra el suyo.
—Has salido a tu madre.
—Qué bien.
Claudia estiró la mano y le acarició el cabello.
—Me preocupo por ti.
—No tienes por qué.
—La hija de la señora Bather va a divorciarse.
Peter fingió un bostezo.
—Ah, ¿sí?
—A lo mejor te apetecería llamarla por teléfono.
—No lo creo.
—Tienes que empezar a salir otra vez, ya lo sabes.
Peter se colocó los brazos detrás de la cabeza.
—Ya fui a practicar baile country contigo.
—Y pasamos un rato estupendo —añadió Claudia—, pero sabes muy bien que no me refiero a eso.
—Bueno —repuso Peter con tono triunfal—, pues te encantará enterarte de que mañana por la noche voy a salir con Nico. A una discoteca que se llama Nenas Calientes, o algo parecido.
—Vaya —su madre parecía horrorizada—. ¿Volverás tarde a casa?
—Si juego bien mis cartas, puede que no vuelva —Peter hizo un guiño con tintes lujuriosos.
Su madre le quitó el tazón de chocolate de un manotazo.
—En ese caso, más vale que duermas bien para encontrarte en forma mañana.
A paso de marcha, se dirigió hacia la puerta de la habitación y dedicó una sonrisa al osito sentado en la librería.
—Que sueñes con los angelitos, Georgie Best.
A continuación cerró la puerta con firmeza. Peter volvió la vista a la mullida criatura, el oso de peluche más inocente que imaginarse pueda, y preguntó:
—¿Cómo puedo quedarme en esta casa y no asesinarla?
Pero claro, el animal, que debía de haber sido sobornado por la madre de su dueño, permaneció mudo. Peter se acomodó en la cama.
—Que sueñes con los angelitos, Georgie Best.
Antes de cerrar los ojos, Peter recogió uno de sus zapatos y se lo lanzó al peluche, que cayó en picado desde su estante. A continuación se dispuso a conciliar el sueño mientras soltaba por lo bajo una risita diabólica.

Capítulo 12

—¿Qué es eso?
—Copos de maíz —responde mi hija con una nota desafiante que, en este crítico momento, de buena gana le borraría de una bofetada.
—¿Y qué hacen aquí?
«Aquí» es debajo de la cama, donde, a juzgar por el avanzado estado del moho que se aprecia en la capa superior, deben de llevar algún tiempo.
Allegra se encoge de hombros, como si nunca en su vida hubiera visto semejantes cereales. Agito el cuenco frente a sus narices con gesto amenazante.
—Con esto que tienes aquí se podrían realizar experimentos sobre la guerra bacteriológica.
La niña no parece convencida. Ni amenazada.
He descubierto las tendencias antihigiénicas de mi hija esta mañana porque no quedaban cuencos en el armario. ¿Acaso las familias de verdad se sientan juntas a desayunar en agradable compañía, o también empiezan la jornada con una pelea a gritos?
—Esta noche vas a limpiar tu habitación, jovencita —decreto con una voz que se parece a la de mi madre más de lo que estoy dispuesta a admitir. Incluso agito el dedo índice.
Mi hija, molesta porque su negligente comportamiento haya quedado al descubierto, procede a actuar a un ritmo con el que podría haber competido hasta el caracol más reticente. Hay veces que lamento la circunstancia de que pegar a los niños no esté bien visto hoy en día, ya que en este preciso momento encuentro un cierto atractivo en la violencia física. Allegra sabe que estoy nerviosa por culpa de la entrevista a la que me voy a someter única y exclusivamente para el bien de mis hijos; aun así, no hace nada por facilitarme las cosas. Cada fibra de su cuerpo irradia odio hacia mi persona, y es en estas ocasiones cuando no me vendría mal un poco de ayuda. Me encuentro sin fuerzas para razonar con ella, y sé que si tuviera a mi lado a alguien que se uniera a mí en su contra, tendría la oportunidad de alzarme yo con la victoria. Ya temo lo que será cuando la pille con su primera copa, su primer cigarrillo o su primer novio.
—Te quedas sin desayunar —declaro. Lo que no supone un gran castigo para mi hija, ya que en todo caso come menos que un gorrión y por lo general me cuesta convencerla de que se alimente, de lo que culpo a todas las famosas flacas como palos que salen en televisión, desde Victoria Beckham hasta Kate Moss—. Dentro de cinco minutos quiero verte vestida y montada en el coche.
Todo eso está muy bien, sólo que yo aún estoy sin vestir. Me atormenta la duda ante la elección de vestuario. En serio, es aún peor que si estuviera tratando de encontrar un atuendo para la ceremonia de los Oscars entre las limitadas opciones de mi armario. Debido a que me paso los días con unos vaqueros manchados de vómito infantil —mi querido hijo aún no ha superado la etapa de la regurgitación repentina—, existe una penosa carencia de elegantes trajes de chaqueta ocultos en mi vestidor. Tengo un conjunto negro que compré hace cinco años para el entierro de la abuela de Benjamin, de modo que eso es lo que voy a tener que ponerme. De todos los malos presagios, éste tiene que ser el peor: acudir a una entrevista de trabajo vestida para una incineración. No obstante, me enfundo el traje de chaqueta al tiempo que doy gracias por no haber dispuesto del dinero suficiente para permitirme lujos y, por lo tanto, apenas he engordado desde entonces. Confío en que Bruno se porte bien y no me vomite encima ni me embadurne de mermelada.
Hoy precisamente tengo que ser más puntual que nunca y, puesto que creo firmemente en el dicho «Vísteme despacio que tengo prisa», voy con retraso. El lugar de mi entrevista de trabajo se encuentra sólo a diez minutos en coche en condiciones normales, pero por culpa de la hora punta tardaré más del doble. Cuando consigo acomodar a Bruno en el coche, Allegra está sentada sin pronunciar palabra y con la mirada fija al frente. Salimos despedidos calle abajo haciendo caso omiso del límite de velocidad hasta que nos topamos con el primer atasco. Cuando por fin dejo a Allegra en el colegio, mi hija continúa sin hablarme.
—Te quiero —le digo mientras estampo un beso en su rígido rostro—, aunque a veces no me caes bien.
Soy de la opinión de que hay que evitar despedirse de las personas en un clima de resentimiento, no vaya a ser que suceda algo terrible durante el día y no se tenga la oportunidad de hacer las paces. Mi hija me conoce. En sus ojos se aprecia un desafiante destello de victoria.
—Deséale suerte a tu madre en la entrevista.
Allegra se baja del coche con un portazo, lo que provoca que Bruno rompa a llorar. Doy por perdida la oportunidad. Mi hija ve a su amiga Stephanie Fisher y corre hacia ella, sin duda para entretenerla con el cuento de lo bruja que es su madre. Por descontado, Stephanie Fisher debe de tener una madre perfecta. Y un padre maravilloso.
Bruno y yo nos ponemos en marcha y nos abrimos paso como posesos entre las calles secundarias hasta que llegamos a casa de Cande. ¿Cómo demonios voy a hacer esto mismo todas las mañanas si consigo un empleo? Trato de recordarme a mí misma lo maravillosa que será mi autoestima cuando me las arregle para dejar de vivir de las ayudas estatales y pueda mantener a mi familia con un espléndido sueldo ganado por mí misma. Entonces, todo este estrés añadido, todo este esfuerzo, merecerá la pena.
Lanzo una fugaz mirada al reloj con la vana esperanza de que, por una vez, el tiempo haya conspirado para ayudarme y esté avanzando hacia atrás. Arranco a un sobresaltado Bruno de su silla de seguridad y salgo corriendo por el camino de acceso hasta la puerta principal de mi amiga.
—Te has retrasado —suelta Cande nada más abrir.
—Ya lo sé —respondo falta de aliento—. Con suerte, puede que llegue justo a tiempo.
Bruno, descontento por tanta sacudida nada más desayunar, me vomita en el hombro.
—¡Joder!
Cande me quita al niño de encima y me lleva a la cocina, donde procede a apartarme el vómito con una bayeta húmeda. ¿Por qué, Dios mío? ¿Por qué he tenido un hijo con un estómago tan sensible?
—¿Y si no se quita? —pregunto entre gemidos.
—Tonterías —replica Cande—. Quedará perfectamente —saca del armario un ambientador en spray y me rocía con aroma fresco de pino—. Y ahora, vete de una vez.
Me precipito hacia la puerta de salida seguida por Cande y por Bruno, ahora encajado en la cadera de mi amiga.
—Un beso para mamá.
Doy un beso precipitado a mi pegajoso hijo antes de salir corriendo.
—¡Buena suerte!
—Voy a necesitarla —el labio de Bruno empieza a temblar—. ¿Seguro que estará bien?
—Estará perfectamente —me asegura Cande—. Di adiós a mamá.
—Adiós a mamá.
—Os quiero —grito a Cande y al niño, y me monto en el coche. Pienso que tengo que conseguir ese trabajo; no puedo estar sometiéndome a este infierno para nada.
Mientras les veo a través del espejo retrovisor agitando la mano como locos, salgo despedida calle abajo, donde, a los cinco segundos, me encuentro con otro atasco. Así es la conducción hoy en día en el Reino Unido, a pesar de la cacareada política del Gobierno con la que se intenta convencernos de que utilicemos los medios de transporte público, lo que resulta patético, ya que el transporte público en general se encuentra o bien detenido en otro atasco o sufriendo un descarrilamiento. Por lo visto, el ciudadano medio pasa seis semanas de su vida en el coche, rodeado de tráfico, y me da la impresión de que me estoy convirtiendo en una ciudadana media a toda rapidez. A este paso, llegaré a mi entrevista sin un solo diente, porque me habrán desaparecido de tanto rechinarlos.
Necesito algo que me ayude a calmarme, pero no puedo poner la radio, ya que alguien me arrancó la antena muchas noches atrás y no me he podido permitir el coste de la reparación. A medida que avanzo centímetro a centímetro, elevo el volumen de la cinta Pat, el cartero, propiedad de Bruno, ante la ausencia de algo más adecuado para adultos, o más relajante, y me pongo a practicar técnicas de respiración. Por desgracia, el jovial cartero no está en condiciones de competir con Classic FM.
—Hola —trato de esbozar una sonrisa—. Lali Esposito.
«Demasiado tensa. Relaja los labios. Tranquila. Tranquila.»
—Hola. Encantada. Soy Lali Esposito.
«Mejor. Mucho mejor.»
—¿Qué tal? Soy Lali Esposito.
El reloj capta mi atención y no doy crédito a la manera en la que el tiempo, el tráfico y la vida en general se han unido para conspirar en mi contra.
Bajo la ventanilla y grito al atolladero de coches:
—¡Moveos de una puta vez, malditos cabrones!
Mi voz es arrastrada por la fría brisa matinal y vuelvo a subir la ventanilla.
Pat, el cartero, sigue parloteando sin parar. Respiro hondo diez veces.
—Hola. Soy Lali Esposito.
No es suficiente. Respiro otras diez veces más.
—Encantada de conocerle. Lamento llegar tarde.
Mientras una cacofonía de bocinas comienza a sonar a mí alrededor, apoyo la cabeza en el volante y hago esfuerzos por no llorar.

Capitulos 9 y 10


Hola!! Os traigo 3 capítulos para que veáis que soy una buena chica y luego no os quejéis! jajaja
Espero que os gusten!
Mas tarde mas!
Besos!!

Capítulo 9

La clase de baile al estilo country se llevaba a cabo en la sala parroquial de la iglesia de St. Stephen, en Stony Stratford, agradable y tranquilo pueblo de mercado a las afueras de la ciudad que aún no había sido devorado por el constante e implacable desarrollo urbanístico de Milton Keynes. A Peter le satisfizo darse cuenta de que la sala estaba a oscuras, con la excepción de algunas tímidas luces intermitentes y cubiertas de polvo que parecían haber sido utilizadas por los asistentes a las reuniones sociales de la parroquia desde finales de los años ochenta. En una sala así de oscura nadie le reconocería, pensó él.
Para espanto de Peter, cuando su madre se quitó el abrigo dejó al descubierto una falda vaquera y una blusa con más lentejuelas y borlas de las que Peter jamás había visto en los alrededores de Milton Keynes y, desde luego, en el número cuarenta y tres de Desford Avenue. Si él mismo confiaba en que nadie le reconociera, su madre, con semejante atuendo, tenía que albergar la misma esperanza. Por lo general, Claudia se inclinaba hacia las faldas floreadas de forma trapezoide, los collares de perlas y los escarpines con menos de tres centímetros de tacón. En cuanto a las prendas de punto, la rebeca era su pieza favorita. Sin embargo, en ese momento procedía a enfundarse unas botas al estilo vaquero, blancas y con flecos, que había sacado de una bolsa de los almacenes Debenhams. Peter se quedó contemplando con horror a la desconocida que tenía frente a sí. No era la mujer que él conocía y, en ocasiones, amaba. Para un ama de casa de mediana edad y de una zona residencial de las afueras, la imagen explosiva de Tammy Wynette no es precisamente la más adecuada. ¿Así escapaba su madre del angustioso aburrimiento en que consistía su vida? Sin poder evitarlo, Peter se estremeció.
La señora Lanzani, felizmente ignorante de los pensamientos de su hijo, se puso a trotar por la estancia como si se tratara de la compañera entrada en años de John Wayne. Saludaba a todos los presentes como quien saluda a un amigo perdido mucho tiempo atrás, mientras Peter la seguía, arrastrando los pies como un niño enfurruñado.
Claudia llegó a una zona a oscuras al borde de la pista donde una espantosa música country funcionaba a todo gas. Otros vejestorios inadecuadamente ataviados con ropa del Medio Oeste norteamericano practicaban algunos pasos a modo de calentamiento. La madre de Peter sacó un sombrero tejano manchado de sudor y con olor a humedad y empezó a cepillarlo.
—No —se negó él cuando Claudia se lo ofreció.
—No te vas a morir por adaptarte al ambiente —insistió ella.
—Ni hablar.
Peter podía asegurar, sin faltar a la verdad, que nunca había pasado por un calvario semejante, con la excepción de la noche que Eugenia le confesó su aventura con Axel Bone, el carnicero. También había sido un mal trago
—Es demasiado grande.
—Es perfecto —refutó Claudia—. Y estás guapísimo.
A Peter le vino a la memoria que su madre había dicho lo mismo acerca del uniforme escolar de su hijo el día que éste comenzó sus estudios en el instituto de la zona. El uniforme también era varias tallas grande, y había sido adquirido bajo la premisa de que algún día Peter crecería y le sentaría bien, lo cual habría sido posible en caso de que hubiera continuado asistiendo a clase hasta los veintisiete años. El incidente del uniforme escolar hizo que Peter se percatara por primera vez de que los adultos no siempre decían la verdad. En la actualidad, igual que entonces, sabía que no estaba guapísimo, ni mucho menos. Tenía pinta de gilipollas y, peor aún, era consciente de ello.
Inevitablemente, los compases de No rompas más mi pobre corazón empezaron a emerger del tocadiscos, tan viejo y decrépito como su audiencia.
—Vamos, cariño. Ésta es mi preferida —su madre le cogió de la mano y lo arrastró hasta la pista de baile.
—Pero, mamá, no tengo ni idea de lo que hay que hacer —protestó Peter, presa del pánico.
—Sólo tienes que seguir a los demás —le instruyó Claudia.
Peter miró a su alrededor. Al menos era capaz de moverse más deprisa que la mayoría. Sus caderas distaban mucho de estar artríticas, pensó con cierto engreimiento mientras se unía a los pasos sincronizados y las palmadas, escondido al fondo de la pista y al extremo de una de las filas. A mitad de la canción, cuando, para su consternación, empezaba a faltarle el aliento, una ancianita ataviada con un atuendo vaquero rosa fosforescente se acercó hasta él.
—No sabía que eras el hijo de Claudia —dijo entre jadeos la arrugada señora de labios rojos y cejas negras mientras giraba alrededor de Peter, dando una palmada de forma esporádica—. Me ha costado reconocerte. Hay que ver lo que has crecido.
—¿Cuándo nos vimos por última vez? —resopló Peter.
La mujer dejó de golpear los talones unos instantes para detenerse a reflexionar.
—En tu primer curso del colegio.
—O sea, que yo tenía cinco años.
—¡Madre mía, cómo vuela el tiempo!
Peter esbozó una sonrisa de cortesía.
«Cuando uno practica el baile country, no vuela en absoluto», masculló Peter para sí.

Capítulo 10

Éste es el momento que más trabajo me cuesta. Ha llegado la hora de dormir y, como siempre, estoy completamente despabilada. Durante el día estoy tan ocupada tratando de hacer carrera de mi vida que no me queda tiempo para pensar en nuestros aprietos. Pero una vez en la cama, me paso la madrugada dando vueltas mientras hago balance mental de nuestro exiguo presupuesto y me pregunto qué será de nosotros si esta semana tampoco me toca la lotería.
Allegra y Bruno están hechos un ovillo a mi lado, con sus respectivos pulgares en la boca. Mi hija ejecuta una especie de baile en sueños y mueve sus diminutos pies de forma irregular al son de una música inexistente. Esta niña no deja de bailar en ningún momento del día o de la noche, y confío en que no decida invertir sus aptitudes en una profesión lucrativa de la única manera que por el momento se me ocurre: ligera de ropa y colgada boca abajo de una barra. No es eso lo que deseo para ella. Puede que algún día me esfuerce por pagarle unas clases de ballet para animarla a que se aparte de los peores excesos del bamboleo de caderas y el movimiento de pelvis. La memoria me dice que el único tipo de baile que se veía en televisión cuando yo tenía su edad era el del programa Bailemos juntos, mucho más sosegado, si bien, en ocasiones, el equipo latinoamericano de Leicester South resultaba manifiestamente lascivo.
Mi hijo, con el indestructible Doggy pegado a la cara, ronca entre baboseos. A pesar de mis aseveraciones nocturnas con respecto a que tienen que dormir en su propia habitación, indefectiblemente se las ingenian para convencerme de lo contrario y los tres nos acurrucamos en mi cama doble, lo que, a pesar de mis airadas protestas, me ofrece una pizca de consuelo. En lo más recóndito de mi alma sé que no existe nada más deprimente que dormir sola en una cama doble. Y ha pasado bastante tiempo desde que esta misma cama fue testigo de cualquier forma de atletismo sexual. En realidad, desde la última y brevísima visita de Benjamin. Estos días, como ya me he lamentado con anterioridad, mis relaciones más apasionadas se producen con el chardonnay barato y el chocolate.
Conservo una foto de mi ex marido en la mesilla de noche, aunque no entiendo por qué, la verdad. Es como no quitarte una espina del dedo o seguir llevando unos zapatos que te hacen ampolla en los talones. Por una parte, es para recordar a mis hijos que, en efecto, tienen un padre, por muy ausente que esté. Y, supongo yo, la otra razón es recordarme a mí misma lo mal nacido que es Benjamin y las muchas veces que nos ha engañado.
Alargo la mano y acaricio el cristal que protege del polvo su sonriente semblante. El muy canalla está como un tren, y me figuro que ése ha sido siempre uno de los problemas: otras muchas mujeres ingenuas como yo le encontraban también guapo a rabiar. Además, por desgracia, los ojos errantes de mi ex pareja sólo encontraban competencia en sus piernas, en igual medida errantes. Me ha abandonado más veces de las que quiero acordarme y, tonta como soy, siempre le dejo que vuelva.
Allegra empieza a cantar en sueños: «Vamos, Britney, pierde el control...».
—Chiss. Chiss.
Aliso los mechones rebeldes de su hermoso cabello rubio y recibo una patada en la espinilla como agradecimiento.
Me preocupa que, al hacerse mayores, mis hijos se conviertan en delincuentes juveniles, de lo que según las estadísticas existen muchas más probabilidades por el simple hecho de que su padre es incapaz de mantener sus partes pudendas dentro de los pantalones. Francamente, me parece injusto. Si Benjamin hubiera dejado de perseguir a toda tía buena que se le ponía por delante y se hubiera quedado en casa leyendo cuentos a Allegra y jugando al fútbol con Bruno, con el paso del tiempo los niños podrían convertirse en ingenieros aeronáuticos o en economistas. Por otro lado, es más factible que Allegra acabe siendo bailarina en un club de alterne o limpiadora de oficinas, y Bruno seguramente terminará fabricando absurdas piezas de plástico en una ruinosa industria de por ahí. Éstos son los asuntos que me mantienen despierta por las noches, aunque es cierto que no se debe prestar atención a las estadísticas. ¿Acaso no existe un estudio que asegura que antes del año 2023 todos los habitantes del planeta serán imitadores de Elvis Presley? ¿Cómo es posible? Ni siquiera tengo un mono blanco con lentejuelas, y no me veo comprándome uno sólo para convertirme en una cifra más.
No es que carezca de aspiraciones con respecto a mis hijos, lo que pasa es que motivarles sin ayuda de nadie resulta mucho más agotador. A veces, cuando voy al colegio a entrevistarme con los profesores de Allegra, me da la impresión de que ya la han dado por perdida debido a sus circunstancias familiares. Y eso que no debe de ser la única en la misma situación, digo yo. En mi opinión, no es que los niños procedentes de familias desestructuradas no puedan completar sus estudios con tanto éxito como los que proceden de familias «normales», si es que existe tal cosa; lo que ocurre es que los profesores ya no saben enseñar como es debido. En mis tiempos, las clases no consistían en sentarse en grupos y ponerse a parlotear hasta hartarse. Y apuesto que si Allegra tiene la oportunidad de elegir entre aprender algo constructivo y charlar con Stephanie Fisher sobre el último tono de sombra de ojos de Pearly Girly, la sombra de Pearly Girly ganará por goleada.
Tal vez debería hacer un esfuerzo y regresar al amplio mundo a buscar un padre de repuesto para mis hijos. Una persona amable y generosa. Una persona con los ojos azules como el cielo de verano. Una buena persona. De hecho, una persona como el hombre que he conocido hoy en el bufete de abogados.
Con este pensamiento, destinado a mantenerme despierta otras cuantas horas, coloco la foto de Benjamin boca abajo. Con la esperanza de que mis palabras se desplacen a través del éter hasta mi irresponsable marido, pregunto en voz alta:
—¿Dónde te has metido, cabrón?

sábado, 7 de julio de 2012

Capítulo 8


Estoy tumbada en la cama de Bruno, tratando de interesar a mi hijo en el concepto del sueño. Me he pasado una hora leyéndole un cuento y por fin empieza a entornar los ojos, mientras que los míos llevan los últimos cincuenta y nueve minutos intentando mantenerse abiertos. He estado muy cerca de forzarle a la inconsciencia con uno de los innumerables peluches que necesita para apaciguar sus terrores nocturnos. El pobrecillo nunca tuvo problemas de sueño antes de que Benjamin se marchara, y a menudo me pregunto si ambas circunstancias guardan relación.
En el mismo instante en que Bruno empieza a quedarse dormido, Allegra entra por la puerta armando escándalo y se deja caer sobre la cama de su hermano, lo que provoca que éste vuelva a abrir los ojos de par en par.
—Me aburro —anuncia Allegra.
—Eres demasiado pequeña para aburrirte.
—¿No te aburres tú a veces, mamá? Nunca sales.
—Porque soy vieja y pobre, y tengo dos hijos protestones.
Allegra aprieta a Doggy contra su pecho y, con los pulgares, juguetea con una oreja de trapo comida por las polillas. Doggy es la criatura más repugnante que existe sobre la faz de la Tierra. Cualquier parecido con un perro de verdad desapareció mucho tiempo atrás, pues a lo largo de los años la lavadora se ha encargado de acabar con el relleno del peluche. En su origen, Allegra era la propietaria de Doggy. Tanto lo quería que no tardó en olvidarlo. Más tarde, Bruno estableció con el animalito un vínculo igualmente insalubre. El peluche ha perdido el pelaje y los dos ojos, y donde debería estar la boca se aprecia un agujero de tamaño considerable. Desde hace ya tiempo, tengo que lavarlo a mano, porque un viaje más a la lavadora sería la puntilla para este canino.
Hace algunos años, Benjamin y yo llevamos a los niños de vacaciones a Devon —un lujo poco frecuente y muy anhelado—. Cuando llegamos a la húmeda y sombría casa de campo —que en el folleto aparecía rodeada de rosas, claro está—, descubrimos por los gritos de histeria de ambos retoños que nos habíamos olvidado de Doggy. Esa misma noche, Benjamin recorrió en coche el camino de vuelta a casa para recuperar el repulsivo animal con objeto de asegurarse de que el resto de nuestras vacaciones no estuviera marcado por escenas de llanto y noches en vela. Sucedió en los idílicos días en que éramos relativamente felices y Benjamin atravesaba un inaudito periodo en el que estaba dispuesto a conducir la noche entera con tal de ofrecer consuelo a su mujer y sus hijos. Últimamente me he cuestionado si el incidente de Doggy contribuyó de alguna manera, por mínima que fuera, al fracaso de nuestro matrimonio. Y es que a menudo me pregunto cuál fue la causa de la ruptura. Además de la incapacidad de Benjamin para enfrentarse a sus responsabilidades o para serme fiel, se entiende.
Como si me leyera la mente, Allegra suelta de sopetón:
—¿Sabes algo de papá?
Se refiere a Benjamin, ya que se trata del único padre que ha conocido. Sabe que no es su padre verdadero, porque ya me encargué de pasar por el doloroso trance de explicárselo cuando me pareció que era lo bastante mayor para comprenderlo, pero nunca ha vuelto a sacar a relucir el tema del progenitor ausente y hasta ahora me las he arreglado para eludir el asunto satisfactoriamente. Temo el día en el que Allegra decida que quiere reunirse con su auténtico padre, aunque él jamás haya mostrado el más mínimo interés hacia su hija. ¿Por qué la vida tiene que ser tan complicada?
Me acurruco en la cama junto a Allegra y Bruno y acaricio el cabello rubio de mi pequeña. Es la viva imagen de Pablo, su padre biológico, mientras que Bruno es más bien como Benjamin. Tanto en el físico como en el carácter, sospecho yo.
—No, cariño, no sé nada.
—A veces lo echo de menos —dice Allegra, introduciéndose el pulgar en la boca.
—Ya lo sé.
Yo también lo echo de menos a veces, pero con el transcurso de los meses esas ocasiones son cada vez más escasas. Es más, la mayor parte del tiempo el hecho de que ya no forme parte de nuestras vidas me supone un gran alivio.
—¿Puedo llamar a Stephanie?
—Te has pasado el día con ella en el colegio, y todo el rato no habéis hecho otra cosa que hablar. ¿Qué más tenéis que contaros?
—Está enamorada de Oliver Powell.
—¡Hombres!
—No tardaré, mamá, te lo prometo.
—Diez minutos. Máximo. Si no, tendré que atracar un banco para pagar la factura del teléfono y os internarán en un centro de menores.
Allegra sonríe y me da un beso.
—¡Qué tonterías dices!
—Quiero acostarme pronto, Allegra. Mañana tengo una entrevista de trabajo, muy importante.
Mi hija sale brincando de la habitación.
—Bueno —le digo yo a nadie en particular—, es la única entrevista que tengo.
Allegra asoma la cabeza por la puerta.
—Lo conseguirás, mamá. Eres súper guay.
Mi hija desaparece otra vez para enfrascarse en una conversación sobre la incipiente vida amorosa de Stephanie Fisher. Además del encuentro con su padre de verdad, temo el momento en el que Allegra decida ampliar a fondo su floreciente interés por el sexo contrario. ¡Sólo tiene diez años, por todos los santos! Pero hoy en día las niñas se comprometen y se quedan embarazadas antes de los doce años, si es que uno está dispuesto a creerse lo que dicen los medios de comunicación. Seguro que a su edad a mí me atraían más las muñecas y el juego de la pídola. Ahora no tienen tanta suerte. Saben mucho más de lo que les conviene. No quiero que Allegra tenga novio hasta que cumpla veintiuno, como pronto. Y a ser posible, una vez que se haya marchado de casa, de manera que yo no me entere de lo que se trae entre manos. Soy de la opinión de que el refrán «Ojos que no ven, corazón que no siente» es rigurosamente cierto en lo que respecta a las relaciones amorosas de una hija. Estoy convencida de que no me preocuparé de Bruno ni la mitad. Mi hijo se dedicará a destrozar corazones, en vez de que le destrocen el suyo. Así funciona el mundo.
En cualquier caso, ahora no puedo pensar en eso, mi entrevista de trabajo requiere toda mi atención.
Bruno, tumbado a mi lado, se despierta.
—Cuento, mami.
Abro el libro otra vez y comprendo que me espera otra hora entera de patos, perros y qué sé yo. Tiempo atrás, les leía los cuentos de una manera emocionante y animada, pero pronto descubrí que sólo servía para que los niños mantuvieran la atención con los ojos bien abiertos. Ahora leo las historias con el tono aburrido y monótono que los políticos reservan para la sesión de preguntas al primer ministro. No es que me moleste pasar este rato con Bruno, pero quería prepararme un poco para la entrevista, aunque no tengo ni idea de cómo hacerlo. Lo más probable es que me ponga a planchar una falda muy, muy corta.

Capítulo 7


Hola!! Aca vengo con el capitulo 7! Hoy tengo ganas de hacer un pequeño maratón así que ya saben!! Espero que les guste! El reencuentro esta cerca!!
Un beso a todas! Os quiero!! 
5 firmas y subo otro!!!

Peter estaba sentado en la mesa del comedor de casa de sus padres y se preguntaba cómo se las había ingeniado —tras lo que parecía una interrupción alarmantemente corta— para completar un ciclo de su vida y volver a ocupar su antiguo dormitorio y a probar las comidas de su madre, al estilo de los años cincuenta.
—Vamos, Juan Pedro, termina de comer —le apremió su madre—. No podemos perdernos la canción del comienzo.
Peter soltó un gruñido y contempló la montaña de tarta de melaza que aún ocupaba su plato, a pesar de que ya había devorado más de la mitad de la ración. Sólo con mirarla, notaba que los dientes se le llenaban de caries.
—Mamá, esto es como volver al comedor del colegio. No tienes por qué prepararme un postre nutritivo e indigesto todas las noches.
—Mis postres «nunca» son indigestos —su madre temblaba de indignación—. Además, tu padre no podría pasar sin su tarta de melaza.
—Entiéndelo, mamá; Eugenia era una fanática de la comida sana —y una nutricionista cualificada. Nada que tuviera calorías, conservantes con código E o incluso sabor encontraba sitio en su nevera. Resistía cualquier intento por parte de la madre de Peter de invitarles a cenar, pues sabía que se vería obligada a ingerir alimentos que tardaría unos dieciocho días en digerir—. Estoy acostumbrado a subsistir a base de verduras a la plancha, yogur y tofu.
—Esas cosas ni se mencionan en esta casa —el mero pensamiento provocaba escalofríos a su madre—. No es comida para un hombre. Si Eugenia te hubiera dado brazo de gitano todas las noches, a lo mejor no estarías camino de los tribunales para conseguir el divorcio —Claudia se sacó un pañuelo de la manga y se puso a sollozar con delicadeza.
—Mamá... —Peter le colocó una mano sobre el brazo—. No estamos camino de los tribunales. Todo se está llevando de mutuo acuerdo.
—Te refieres a que Eugenia te ha chupado la sangre y a ti te ha dado lo mismo.
—Mamá...
—Entonces, ¿por qué has vuelto a tu habitación de niño mientras ella sigue instalada con toda comodidad en vuestra casa, tan nueva, tan preciosa? Díselo, Martin.
El padre de Peter, absorto en la degustación de su tarta de melaza, levantó la vista sin pronunciar palabra. Peter paseó la vista por el comedor en el que, desde la infancia, había cenado a diario. Los robustos muebles de caoba seguían siendo los mismos, al igual que el papel de las paredes, con un estampado de rosas. La moqueta continuaba desentonando escandalosamente con el papel, y Peter aún lamentaba no tener uno o más hermanos que le ayudaran a dejar de ser el centro de atención de su madre.
Sus padres llevaban casados más de cincuenta años. La celebración de sus bodas de oro —un suntuoso banquete a base de rollos de hojaldre con salchichas y vino de mesa— no era más que un recuerdo borroso y distante. Formaban un matrimonio estoico de los que apenas quedaban ya. Peter admiraba la tenacidad de ambos, su mutua lealtad, pero no acababa de entender por qué su padre no había asesinado a su mujer años atrás. Y a menudo se había preguntado si su madre, en el caso de que hubiera tenido independencia económica, como Eugenia, habría abandonado a su marido, como ésta había hecho con Peter.
Al parecer, el matrimonio era una institución que ya nadie respetaba, sobre todo en Gran Bretaña. Esa misma mañana el abogado le había comentado con tono jovial que el Reino Unido disfrutaba de la mayor tasa de divorcios en Europa, y que las cifras se habían ido desplazando hasta una inquietante proporción, según la cual uno de cada dos matrimonios acababa por fracasar. De una manera un tanto extraña, Peter se alegraba, pues al menos el sufrimiento era compartido.
—Yo me quedo con el negocio, mamá.
Claudia soltó un bufido de desprecio.
—Y seguro que Eugenia venderá la casa. Con el tiempo. Me dijo que Axel... —se atascó al pronunciar el nombre del nuevo amante de su nuera—, que Axel tenía problemas para conseguir una hipoteca.
En opinión de Peter, una de las numerosas ventajas de los trabajadores autónomos consistía en que nadie estaba dispuesto a prestarte dinero, a menos que tuvieras en el banco la cantidad suficiente como para no necesitarlo.
—Parece un buen hombre —observó su madre.
Peter se quedó inmóvil, sosteniendo la cuchara en el aire.
—¿Cómo lo sabes?
Claudia se mostró más avergonzada que nunca; es decir, dejó entrever una ligera turbación.
—Mamá, no serás clienta de Axel, ¿verdad? Dime que no.
—Tiene una carne para guisar estupenda —protestó Claudia—, la mejor de por aquí. Y los precios son más baratos que los de la carnicería del otro lado de la calle.
Peter negó con la cabeza.
—Lo que me quedaba por oír.
De todas las carnicerías del mundo, Claudia había ido a elegir la del rival en amores de su propio hijo. ¿Dónde estaba su lealtad para con Peter? Éste sintió ganas de golpearse la cabeza sobre la robusta mesa del comedor.
Su madre le arrebató el plato del postre.
—Vayámonos de una vez o nos perderemos No rompas más mi pobre corazón.
Peter se impulsó hacia atrás y se puso de pie.
—Que quede bien clara una cosa: no pienso ponerme ningún sombrero tejano.

jueves, 5 de julio de 2012

Volvi!!!!


Hola!! Volví!! Me extrañaron??? Yo a vosotras mucho!!!! GRACIAS por todos los comentarios hermosos que me dejaron por aquí y por twitter, GRACIAS por preocuparse por mi y por estar ahí y GRACIAS por no dejar de entrar en el blog!


Este capitulo esta dedicado a 3 personitas hermosas que me ayudaron muchísimo estos días!
Vero: hermanita! que te puedo decir que no sepas...te amo mucho y sabes que agradezco todos los días el haberte conocido.
Sand: la chiquita de la familia! Después de todo lo que paso se que siempre estas. Sabes todo lo que te quiero y que pronto te voy a ir a visitar y vamos a pasar tiempo juntas!
Lau: Ahora que tenemos mas opciones para hablar te siento mas cerca! Gracias por esa sobrina hermosa que me regalaste y por todo lo que haces por mi! Te quiero mucho!


Bueno les dejo el capitulo porque si sigo no terminare nunca de agradecer...(soy pesada, lo se...)
Espero que os guste mucho y comentéis! Mañana mas!
Besos enormes! Os quiero!!


Capitulo 6

Peter, sentado en una silla de jardín de plástico, balanceaba su pizza sobre las rodillas; mientras tanto, Nico se recostaba en el sillón de piel de imitación y apoyaba los pies sobre el escritorio, en el reducido espacio que su amigo había dejado libre entre la pila de papeles. El viento se colaba por las rendijas de las ventanas mal ajustadas, por lo que las cortinas oscilaban acompasadamente.
—Cuéntame más.
—Era atractiva —explicó Peter—. Preciosa, diría yo. Morena. Divertida. Sofisticada. Soltera.
—¿Pecho?
—Sí, aunque no demasiado.
—¿Es que se puede tener demasiado? —preguntó Nico al tiempo que masticaba con entusiasmo su pizza de masa gruesa—. ¡Menuda suerte! Encontrarse a una piba en el despacho de tu abogado. Mis felicitaciones, tío —bebió un ruidoso sorbo de café—. Dime, ¿cuándo vuelves a verla?
—Bueno..., no quiero precipitarme a la hora de empezar otra relación.
—Es decir, que ni siquiera le pediste el número de teléfono.
—Exactamente, no.
Esa era otra de las muchas formas de actuar en las que Peter y su mejor amigo diferían. Nico habría tenido a la encantadora Lali Esposito en su dormitorio la misma noche, mientras que a Peter le iban los procesos más lentos. Cuando en el borroso y distante pasado había frecuentado la escena de las citas amorosas, solía tardar una media de doce meses en juntar el coraje suficiente para pedirle a una chica que saliera con él. Y sólo en el caso de que ella tuviera fama de libertina y previamente hubiera expresado su interés, a través de alguna amiga, por que la vieran en público con Peter. La única razón por la que había terminado saliendo con Eugenia era que ella le había perseguido sin descanso hasta que se hicieron novios. Peter sabía que no era un depredador por naturaleza.
Observó cómo Nico arrancaba con los dientes un pedazo de su pizza rellena de carne. Estaba claro: su amigo sí que era un depredador.
—¿Cómo vas a convertirte en un dios del sexo cuando dejas escapar una oportunidad de oro como ésa? —masculló Nico a través de la salsa de tomate.
—¿No querrás decir que cómo voy a convertirme en un dios del sexo cuando he vuelto a instalarme con mis ancianos padres en un adosado de las afueras, donde llevo pijamas a rayas y me paso el día comiendo brazo de gitano relleno de mermelada?
—Tienes que salir de casa de tus padres, colega —dijo Nico—. Ya mismo. Vente a vivir conmigo.
—Nico, tienes una única cama, y por lo general los dos lados están ocupados: uno por ti mismo y el otro por alguna persona cuyo nombre a lo mejor no recuerdas a la mañana siguiente.
—Podría quitar el aparato de remo de la habitación de invitados.
—Sí, sería estupendo —ironizó Peter—. Siempre he querido hacer de carabina. Por lo menos, en casa de mis viejos no tengo que escuchar cómo cumplen con sus derechos conyugales a través de las paredes.
Nico esbozó una sonrisa burlona.
—Apuesto a que lo siguen haciendo.
—Venga ya, no seas absurdo —resopló Peter—. Mi madre lo hizo una sola vez para tenerme a mí y, según cuenta, encontró que se le daba demasiada importancia al asunto. En cuanto a mi padre, ha mantenido un tempestuoso romance con su cortadora de césped Flymo durante los últimos treinta años.
—¡Vaya vida! —Nico se lamió los labios con aire pensativo—. ¿Crees que nosotros acabaremos así algún día?
—Tú no —musitó Peter—. Tú serás como Mick Jagger, seguirás cantando y bailando pase lo que pase, aunque estés a punto de cobrar la jubilación. Pero es verdad que, muy de vez en cuando, cuando veo cómo mi padre encaja con gran cariño la caja colectora de césped en la cortadora, pienso que podría ser yo mismo dentro de unos años —Peter levantó los ojos de su pizza—. Verás, es que a mí me gusta la jardinería.
Nico apartó a un lado su caja de cartón.
—Esto tiene que acabarse de una vez por todas —se levantó, dispuesto a marcharse—. Esta noche, amigo mío, vamos a salir de juerga.
—Imposible.
—Dime por qué, te lo ruego.
Peter se mostró un tanto reticente.
—Baile en grupo, al estilo country.
Nico soltó una carcajada.
—Sí, ya lo sé; pero he prometido a mi madre que la acompañaría.
—¿Baile en grupo?
—Sí, baile en grupo.
—Esto es peor de lo que pensaba —concluyó Nico—. A veces, los hijos pueden pasarse de buenos.
—Soy incapaz de dejarla tirada —explicó Peter—. Me lava la ropa y se preocupa por mi bienestar emocional.
—El baile en grupo no va a solucionar el problema —señaló Nico—. Sólo hay una cosa que dará resultado.
—La respuesta no es siempre un polvo a lo loco.
—Ya cambiarás de opinión.
Peter suspiró.
—Bueno, pues mañana por la noche —Nico no iba a aceptar una negativa por respuesta—. Y nada de excusas. No quiero escuchar que vas a acompañar a tu padre a la sociedad de amigos de la Flymo.
—De acuerdo, mañana —accedió Peter—. Mañana, perfecto.
—Genial —Nico se frotó las manos con regocijo—. Acaban de abrir una discoteca para solteros ávidos de sexo y divorciados desesperados que está hasta arriba de nenas calientes. Se van a enterar de quiénes somos.
Peter se mostraba inquieto.
—Ya sabes lo que me cuesta decidirme.
—Todo irá sobre ruedas —Nico hizo caso omiso de las preocupaciones de su amigo—. Lo que pasa es que te falta práctica.
—No quiero practicar con una divorciada desesperada.
Nico le guiñó un ojo.
—Pero puede que alguna sí quiera practicar contigo.
El interés de Peter se avivó en cierta medida. Tal vez había llegado el momento de empezar a cortar las ataduras con su matrimonio, de desechar la esperanza de que una pequeña chispa volviera a encenderse en el corazón de Eugenia. La sola idea de volver a salir con mujeres le producía dolor de estómago.
—Soy demasiado mayor y demasiado tímido para esas cosas —protestó—. Me gustaba estar casado.
En efecto, le gustaba. El compromiso y la convivencia en armonía conformaban su estado natural. Lástima que Eugenia se hubiera hartado.
—Pero ya no estás casado, colega. Se ha terminado. Hay que pasar página.
Peter resopló con tristeza y apartó su pizza, inacabada.
—Prepara tus pantalones de baile de licra, amigo mío. Mañana será el comienzo del resto de tu vida —Nico abrió la puerta de la caseta prefabricada, lo que provocó que la brisa removiera los papeles sin archivar—. Tengo que irme —anunció—. Hay dinero que ganar. Y corazones que romper.
Peter se apoyó en el marco de madera mientras observaba cómo Nico atravesaba a zancadas el patio de exposición. Lamentó no parecerse más a su amigo, tan seguro de sí mismo, tan desenvuelto, egocéntrico y carente de sensibilidad.
Nico se dio la vuelta y señaló a Peter con el dedo.
—Mañana. Que no se te olvide.
—¡No pienso bailar con nadie que tenga raíces negras o lleve zapatos de aguja blancos! —gritó Peter.
—Ya lo veremos —respondió Nico. Acto seguido, se subió de un salto a su reluciente Boxster y agitó la mano con aire despreocupado—. Ya lo veremos.