"El cuento ha cambiado, el zapato no se ha encontrado. Caperucita se come al lobo, el principe se vuelve sapo, la princesa tiene estrias, hay que cenar con la madrastra en nochevieja, el hada madrina se jubiló y los enanos trabajan en el circo."

domingo, 15 de julio de 2012

Capítulos 21 y 22


Capítulo 21

Una vez en la calle, el aire gélido golpeó el rostro de Peter como una bofetada. Se había levantado viento y un cúmulo de periódicos abandonados, cajas de poliestireno y latas de Coca-Cola recorría la calle armando ruido. ¿Por qué ya nadie utilizaba las papeleras como era debido? A diario, Peter empezaba la jornada apartando de las puertas de su tienda la basura que ciudadanos negligentes habían arrojado a la calle tras la hora de cierre de los pubs. ¿Acaso quedaba alguien que se enorgulleciera de su país, que se preocupara por él? Por lo visto no era así.
Lali se encontraba de pie a su lado, un tanto azorada. Peter sintió deseos de besarla, lo que le provocaba un sentimiento extraño, porque no se le había ocurrido que alguna vez iba a querer besar a otra mujer que no fuera Eugenia. No es que le hubiera invadido una oleada de lujuria por su nueva secretaria —aunque unos cuantos pensamientos lujuriosos sí que andaban extraviados por ahí—; se trataba más bien del agradecimiento por el hecho de que Nico no hubiera podido endosarle una bestia parda entrada en años y con cintura de elefante bajo el pretexto de poner remedio al actual estado de celibato de su amigo. Además, no se le ocurría una forma más agradable de evitar semejante situación que pasar el rato con Lali.
Volvió la vista hacia Nico. Su colega se encontraba entrelazado con la atractiva Cande. Nico nunca había considerado su condición de soltero un problema. A pesar de la amistad que los unía, no podían ser más diferentes entre sí. Desde que era capaz de recordar, Peter siempre había deseado una vida hogareña estable, dos hijos, coche familiar, barbacoa de ladrillo, cortacésped de primera calidad. Y eso que el ejemplo de sus padres no era el más afortunado. Tal vez algunas personas nacían con el gen del matrimonio y otras no.
De ser cierto, su mejor amigo carecía definitivamente de ese gen. Aunque los dos se iban aproximando a toda prisa a los horrores de la mediana edad, Nico aún no mostraba la menor inclinación a llevar una vida diferente de la que llevaba a los diecinueve años. Incluso en la actualidad, le encantaba llevarse a casa a una mujer distinta cada noche que salía. A decir verdad, Peter no tenía ni idea de dónde obtenía su amigo semejante resistencia, si bien es cierto que Nico no contaba con el efecto obstaculizador de los indigestos postres de la señora Lanzani. Tenía que marcharse de casa de sus padres lo antes posible, de eso no cabía duda. Pero aunque así lo hiciera, no se imaginaba a sí mismo con una ristra de mujeres diferentes pasando por su cama. Ni siquiera aunque ellas hubieran accedido.
Mientras él reflexionaba sobre estos asuntos, los cuatro seguían en la acera, soportando el frío. Lali tiritaba bajo su fino abrigo. Había en ella una cierta fragilidad que incitaba a Peter a sentirse protector. Nico y Cande empezaron a dirigirse hacia la parada de taxis. Con actitud obediente, Peter y Lali les siguieron.
Cuando llegaron a la parada, Nico se dio la vuelta y tomó la palabra:
—Cande y yo nos vamos en el mismo taxi.
Lali puso cara de preocupación, como era natural. Se llevó a un aparte a su embriagada amiga.
—¿Seguro que estarás bien?
—Estaré perfectamente —respondió Cande arrastrando las palabras—. Hasta mañana.
Dicho esto, regresó tambaleándose hacia Nico, también borracho como una cuba.
—¡Hasta luego, colega! —gritó Nico a Peter mientras agitaba la mano en señal de despedida. Acto seguido le dedicó un guiño pícaro al tiempo que introducía a Cande en el taxi.
Lali frunció la frente cuando el vehículo se alejó renqueando.
—Debería haberme ido con ella —empezó a morderse una uña—. ¿Se puede confiar en él?
—Desde luego que no —respondió Peter.
Las arrugas en la frente de Lali se hicieron más profundas a causa de la inquietud.
—Me imaginaba la respuesta.
El siguiente taxi de la fila se detuvo frente a ellos.
—Ya que nuestros respectivos amigos nos han abandonado, ¿qué tal si también compartimos taxi?
—¿Puedo confiar en ti? —preguntó Lali.
Peter abrió la puerta para que ella entrara.
—Con los ojos cerrados —respondió él, no sin cierta melancolía.

Capítulo 22

El taxi se detiene frente a mi puerta y, al igual que la escena de los bailes lentos, se trata de una situación potencialmente embarazosa. ¿Acaso no soy ya mayorcita para seguir preocupándome por estas cosas? Espero que Peter recuerde que sólo nos une un vínculo profesional —no importa lo mucho que él me atraiga— y no intente nada que tenga que ver con labios, lengua o contacto íntimo de cualquier tipo. También espero que mis hijos estén profundamente dormidos —¡qué más quisiera yo!— o al menos que no estén mirando por la ventana.
Mi casa es preciosa. No es que sea una vivienda de lujo, sólo se trata de un chalet adosado de tamaño reducido y construcción reciente; pero es bonito y está en una buena zona. Mis padres lo compraron como inversión para mi futuro cuando empezaba a hacerme mayor, en los días borrosos y distantes en que la propiedad inmobiliaria tenía un precio relativamente asequible. Ésa es la única razón por la que la casa ha sobrevivido a los caprichos de mi vida amorosa y a las garras de dos maridos. Pago a mis padres una renta por el alquiler —a través del Ministerio de Salud y Seguridad Social, claro está.
El ambiente en el taxi es cálido y la compañía agradable. No me quiero marchar, pero antes de que la situación pueda estropearse me deslizo sobre el asiento para apartarme de Peter.
—Bueno, pues nos vemos mañana.
—Rebosante de alegría y entusiasmo, acuérdate.
—Haré todo lo posible.
—Ha sido estupendo —dice Peter—. Gracias.
—¿Crees que mi nuevo jefe se dará cuenta de que me he pasado media noche bebiendo y bailando y me pondrá de patitas en la calle?
—Lo primero, quizá; lo segundo, de ninguna manera.
Una vez que me he bajado del taxi y estoy a salvo, sin más recelos sobre el contacto físico, respondo:
—Lo he pasado muy bien. Buenas noches.
—Buenas noches.
—Y ahora, ¿adonde, amigo? —pregunta el taxista girando la cabeza hacia atrás.
Peter recita su dirección antes de mirarme por última vez.
—Adiós.
Mientras se aleja, agito una mano. Luego, observo cómo el taxi va desapareciendo calle abajo mientras me pregunto si Peter contaba con que le invitase a tomar un café. No lo sé. Me falta entrenamiento a la hora de interpretar las señales. Ése es uno de los peores aspectos del divorcio, aparte del empobrecimiento financiero: te arroja de nuevo a situaciones de las que habías creído escapar mucho tiempo atrás.
En cualquier caso, aparte de que invitarle supondría dar al traste con mi tapadera como chica joven, libre y soltera, resultaba imposible, ya que la canguro debe de estar haciendo cochinadas tumbada en mi sofá.
Al abrir la puerta, decido armar todo el jaleo que pueda. Entro al vestíbulo dando zapatazos y agito las llaves en la cerradura. Incluso espero ante las puertas del salón unos instantes emitiendo una estridente voz teatral antes de entrar. Vicky y Lee están sentados castamente en el sofá viendo en el televisor un programa en el que aparece Jonathan Ross. Las botellas vacías de Bacardi Breezer y un par de platos sucios ocupan la mesa baja, dando a entender que la pizza ha sido devorada. No hay rastro de mis hijos.
—Hola —saludo—. ¿Todo bien?
Vicky hace un gesto afirmativo. Seguro que es la persona más locuaz del mundo cuando no hay adultos por los alrededores.
—¿Buenos chicos?
Vicky vuelve a asentir con la cabeza.
—¿Y mis hijos?
Mi canguro y su novio atacado por el acné me miran con el ceño fruncido. Quizá yo esté siendo injusta: no todo el mundo tiene por qué estar cortado por el mismo patrón. Puede que se hayan pasado la noche sentados en el sofá cogidos de la mano, ¿no?
—Los niños están perfectamente —masculla Vicky.
—Bien, muy bien —respondo a toda prisa, e introduzco la mano en el bolso en busca de dinero.
Se lo entrego a Vicky, que ya se está enfundando su abrigo mientras se dirige a la puerta del salón. Lee la sigue con paso tranquilo.
—Bueno, gracias por todo —digo con voz animada—. Muchas gracias.
En el momento que llegan a la puerta, me doy cuenta de que algo asoma por debajo de uno de los cojines. Tiro del objeto, con cuidado de no tocarlo más de lo absolutamente necesario.
—Toma —le digo a Vicky antes de que tenga oportunidad de escapar—. Puede que lo necesites.
Extiendo el dedo del que cuelga la ofensiva prenda y devuelvo el microtanga a su legítima dueña.
Con aire altivo, Vicky me lo arranca de un tirón y sale corriendo sin ni siquiera una palabra de disculpa. Tengo que sonreír para mis adentros antes de recordarme que nunca, jamás, permitiré que mi hija trabaje de canguro.

sábado, 14 de julio de 2012

Capítulos 19 y 20


Querían el encuentro!!! Aquí lo tienen! Disfrútenlo!! 
Si hay firmas hacemos maratón!!
Me alegro mucho de que les guste!!!
Besos Ione!!

Capítulo 19

Peter y Nico se bajaron del taxi y atravesaron la calle en dirección a la discoteca. Por encima de sus cabezas lanzaba destellos un vibrante letrero de neón rojo que rezaba: CINCUENTA POR CIENTO. Sin duda, se trataba de una divertida alusión al hecho de que el cincuenta por ciento de los matrimonios en el Reino Unido terminan en divorcio, estadística con la que Peter estaba más que familiarizado gracias a su amable abogado.
La discoteca se encontraba en el concurrido barrio de los teatros de la ciudad, embutida entre un Pizza Hut hasta los topes y un TGI Friday's. La acera estaba abarrotada de mujeres a medio vestir que no parecían conscientes del frío de la noche ni del hecho de que las mini-faldas no necesariamente favorecían a sus muslos.
Peter empezaba a dar marcha atrás.
—Sólo de pensarlo, me cuesta respirar.
Nico agarró a Peter del codo y le condujo hacia su funesto destino.
—Peter, si fueras una cría de foca ya te habría golpeado con un palo hasta matarte.
—Nico, entiéndelo, hace unos quince años que no piso una discoteca. Y ya entonces las odiaba.
—Tranquilo —respondió Nico—. Va a ser genial.
—¿Cuál es tu definición de «genial»?
—Muchas mujeres. Muy poca ropa.
—No estoy preparado para esto, Nico.
Su poco comprensivo amigo le hizo atravesar de un empujón el umbral del CINCUENTA POR CIENTO y pagó las entradas de precio exorbitante mientras que a Peter le temblaban las piernas. Atravesaron una puerta doble y bajaron por una estrecha escalera hasta llegar a la estancia más oscura que Peter había visto jamás. Estaba pintada de rojo oscuro y negro, y respondía a la imagen que él tenía de la entrada al infierno.
Peter ahogó un grito mientras paseaba la vista por la sala. Por todas partes se veían mujeres con pinta de prostitutas.
—Bueno —dijo Nico—, no está nada mal, ¿eh?
Peter se encontraba estupefacto.
—Veo a gente divorciada —acertó a decir entre jadeos, con una voz que parecía sacada de El sexto sentido.
Nico le dio una palmada en la espalda.
—Pues ya puedes acostumbrarte, colega. Ahora eres uno de ellos.
Dicho esto, se encaminó hacia la barra, seguido de cerca por Peter. A éste le molestaba admitirlo, pero le aterrorizaba la idea de perder de vista a su amigo. Varias mujeres de aspecto indeseable les miraron de arriba abajo al pasar. Peter notó que le empezaba a brotar un sudor frío. ¿Era aquella la clase de terror que rodearía su vida social de ahora en adelante? Confiaba con todas sus fuerzas en que no fuera así.
—Sonríe, hombre —le siseó Nico al oído—. Pareces un psicópata asesino.
—No puedo —respondió Peter con otro siseo—. Tengo contraída la mandíbula.
—No muerden.
—Seguro que sí —presa de los nervios, Peter inspeccionó a las mujeres con detenimiento—. Se nota que muerden.
Llegado a este punto, empezaba a arrepentirse de no haber prestado atención a su madre. Nico se había acercado a la barra y pidió dos cervezas.
—Hola, cariño —dijo una mujer particularmente espeluznante mientras escudriñaba a Peter de la cabeza a los pies como si de un pedazo de carne se tratara.
Peter, atacado por el miedo, se pegó a su compañero como una lapa.
—Para ya de una vez —espetó Nico, indignado.
—Quiero irme a casa.
—Acabamos de llegar.
Peter agarró a Nico del brazo.
—Suéltame —a regañadientes, Peter le soltó y Nico se cepilló la manga con el ceño fruncido y expresión sombría—. ¿No pensarás, por casualidad, que el divorcio ha afectado a tu autoestima? —preguntó malhumorado.
Peter exhaló un suspiro.
—Lo siento.
Nico también suspiró.
—El tío Nico cuidará de ti. ¿Alguna vez te has metido en un lío por mi culpa?
—Sí —respondió Peter.
Su amigo adoptó una expresión resentida.
—Sólo aquella vez.
—Y Eugenia nunca dejó de recordármelo.
Peter se preguntó qué sentiría su mujer si pudiera verle ahora. Lástima. Sí, posiblemente lástima.
—Bueno, Eugenia es agua pasada —repuso Nico con tono enérgico—. Ahora tu ex mujer se dedica a jugar a las familias felices con Axel, el carnicero.
Nico extendió el brazo para abarcar la pista de baile. Frente a ellos, una docena de mujeres regordetas y medio desnudas daban brincos al ritmo de la música. Resultaba tan patético que costaba describirlo
—Sin embargo, hay otras jovencitas encantadoras entre las que puedes elegir.
—¿Dónde están?
—¿Sabes cuál es tu problema? —preguntó Nico—. Que eres demasiado quisquilloso.
—Pero es que todas tienen brazos de cargador de muelles.
—¿Ves a qué me refiero? —Nico, consternado, sacudió la cabeza—. Y ahora pretenderás que ninguna lleve peluca ni dientes postizos. Usa la imaginación, hombre.
Imposible. Peter iba a tener que despabilarse a base de bien y poner su vida en orden. Nico era un buen amigo que se esforzaba por sacarle a divertirse, pero lo que Peter necesitaba en realidad era a alguien que se sentara a su lado y le explicara lo que había sucedido, ya que él mismo seguía sin comprenderlo. No podía comentar el asunto con sus padres porque..., bueno..., no era la clase de tema que se comenta con unos padres. En concreto, con su madre. Y Nico tampoco era el tipo de persona con quien uno se siente inclinado a hablar. Su amigo siempre había creído que las acciones son más elocuentes que las palabras, y su particular manera de actuar consistía en mostrarse indiferente ante el mundo y recuperarse de los contratiempos lo antes posible.
Nico señaló hacia el extremo contrario de la pista.
—Esas dos no están mal —comentó esperanzado.
Peter siguió el dedo de su amigo. En lo alto de una mesa, al otro lado de la sala, Lali Esposito, su nueva secretaria, y una amiga suya estaban ejecutando un baile al estilo de Britney Spears. Peter tuvo que mirar dos veces, pues no daba crédito a sus ojos.
—Están buscando lío, ¿no te parece?
—Tienes razón —coincidió Peter.
—¿Te apetece pasar un rato con ellas?
—Puede que sí.
Nico se quedó perplejo.
—Venga, vamos —apremió Peter.
La cerveza de Nico se detuvo a medio camino hacia sus labios.
—¿Cómo? ¿Ahora mismo?
—Sí. Más vale actuar en caliente.
Antes de pensárselo mejor, Peter atravesó la pista a paso de marcha en dirección a Lali. Demasiado estupefacto como para articular palabra, Nico le seguía a toda velocidad.
—¿Qué prisa tienes? —preguntó elevando la voz—. Ya sabes lo de que sólo los tontos se precipitan.
—Eso es precisamente lo que me pedías hace un momento —Peter avanzó a zancadas por delante de Nico hasta detenerse frente a Lali y la amiga de ésta, quienes seguían contoneándose sin reparar en su público. Nico y Peter las observaron, un tanto picados por la curiosidad. Peter no se había percatado de aquella aptitud en particular durante la entrevista de trabajo, si es que podía calificarse de esa manera, e ignoraba cómo podría serle de utilidad durante las horas de oficina; pero el hecho de que su secretaria supiera moverse de aquel modo le alegraba sobremanera.
—Hola —dijo Peter tras unos momentos de desenfrenada admiración. A su lado, Nico se moría de impaciencia.
Lali bajó la vista y se quedó petrificada.
—Hola —respondió, mientras a toda prisa se tiraba hacia abajo del vestido para esconder unas rodillas la mar de atractivas.
—Así que te ibas a acostar temprano —observó Peter.
—Y ésta es tu patética discoteca para solteros —Lali esbozó una amplia sonrisa y Peter la ayudó a bajar de la mesa—. No hago esto habitualmente —aclaró.
—Lástima —respondió Peter. Nunca se había alegrado tanto de encontrarse con alguien.
La amiga de Lali también había dejado de bailar. Nico le rodeó la cintura con los brazos y la bajó de la mesa.
—¿Qué tal si alguien nos pone al corriente? —preguntó Nico.
—Os presento a Nico —dijo Peter.
—Y ésta es Cande —añadió Lali.
—Y ésta es Lali —dijo Peter a su amigo, mientras se fijaba en que éste aún seguía con las manos en la cintura de Cande—. Lali es mi nueva secretaria. Va a convertir mi destartalada tienda de coches usados en un imperio floreciente, aunque no sabe usar el ordenador ni preparar el té.
—¿Y qué más da? —Nico brindó a Lali su sonrisa más zalamera y luego se frotó las manos—. Señoritas, ¿nos permiten invitarlas a una copa?
—¿No era una mala idea mezclar el trabajo y el placer? —preguntó Lali.
—Dadas las circunstancias, considero que resulta de todo punto esencial —respondió Peter al tiempo que sonreía.

Capítulo 20

Me muero al pensar que antes de haber pisado la oficina de Peter en calidad de empleada mi nuevo jefe ha debido de tomarme por una fulana y una alcohólica. Aun así, no parece demasiado preocupado. De hecho, da la impresión de que se lo está pasando bastante bien. Confío en que no me despida por la mañana.
Creo que me estoy haciendo mayor, ya que he decidido que los clubes nocturnos son lugares espantosos llenos de hombres cuarentones que intentan ligar con chicas de diecinueve años. En el momento en el que vi el rostro de Peter entre la multitud me invadió una inaudita oleada de alivio. Lo que iba a ser un suplicio fomentado por Cande se ha convertido en una velada de lo más agradable, aunque estaría bien que nos pudiéramos oír unos a otros. El tiempo avanza y debo empezar a pensar en volver a casa antes de que mi canguro pierda la virginidad. Pero claro, no puedo explicarle esto a Peter, ya que vive en la dichosa ignorancia de que soy prisionera..., perdón, de que soy la madre de dos niños que en este momento se encuentran al cuidado de una persona a todas luces incompetente.
La música va disminuyendo el ritmo de manera alarmante. Odio ese momento en las discotecas, ya que siempre me plantea un terrible dilema. ¿Qué es peor, que nadie te saque a bailar y tener que merodear por los bordes de la pista o salir corriendo a los lavabos y quedarte allí el tiempo que duren las canciones lentas, o que te saque a bailar un monstruo repugnante que va a pasar al ataque y con seguridad apretará un miembro rígido contra tu entrepierna?
—¿Te apetece bailar? —pregunta Peter.
No parece un depredador por naturaleza.
—Nunca he bailado con un jefe —respondo yo.
—¿Ni siquiera con Donald Trump?
No tengo más remedio que sonreír.
—Ivana no lo permitía.
—En ese caso, consideremos que se trata de nuestra primera salida de trabajo.
Peter me conduce a la pista y me toma entre sus brazos. Noto que no está del todo cómodo ante la situación; yo tampoco me encuentro a gusto. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve tan cerca de un hombre y me doy cuenta de que me rodea una barrera invisible. Corre el aire entre nuestros respectivos cuerpos, lo que agradezco sinceramente. Sin embargo, mi querida Cande carece de semejantes inhibiciones. En este momento está adherida a Nico, el amigo de Peter. Se les ve tan contentos mientras se besuquean sobre la pista de baile, pegados firmemente el uno al otro, y me pregunto si mañana por la mañana mi amiga se arrepentirá del exceso de alcohol. En contraste, Peter y yo nos desplazamos dibujando rígidos círculos, y me apresuro a añadir que no me refiero a la rigidez a la que hice alusión con anterioridad. Peter tiene unos ojos preciosos; incluso en este ambiente cargado de humo consiguen dar un aspecto limpio y bondadoso.
—Gracias por contratarme —digo yo, más que nada para romper el silencio que mantenemos—. Estoy convencida de que podré ayudarte.
—Seguro que sí.
—Estás en una posición muy vulnerable encargándote tú solo del negocio.
Poco a poco nos acercamos a Cande y Nico. Siento la tentación de propinarles una patada, ya que él ha deslizado las manos hasta el trasero de mi amiga y a ella no parece molestarle en lo más mínimo. Yo me inclino por pensar que debería molestarle, la verdad.
—El otro día leí en el periódico que hay una pareja de estafadores que se dedican a timar a los vendedores de coches usados de la zona.
—¿En serio?
—Compran coches con cheques sin fondos. Llevan años practicando el mismo timo.
—No sigas. —Peter se frotó la barbilla—. Son una pareja de ancianos dulces e inocentes, ¿verdad?
—¿También leíste la noticia en el periódico?
Por un momento, una expresión de agonía le ensombrece el rostro, pero al instante esboza una sonrisa y, tocándose un lateral de la nariz con aire de quien sabe de lo que habla, responde:
—Llámalo intuición de empresario.
Noto que me voy relajando entre sus brazos y pienso que tal vez Peter es mucho más astuto de lo que parece a primera vista.

jueves, 12 de julio de 2012

Capítulos 17 y 18


Hola!!! Me alegro que os este gustando la nove!! Aqui vienen otros dos capítulos!!!
Besos! Os quiero!!!

Capítulo 17

Cuando Cande irrumpió alegremente en el salón, Agus, Ellie y Charlotte se encontraban sentados en el sofá viendo cómo un personaje famoso trataba de correr los cien metros en el programa Superstar Sports. Decir que estaban pegados al televisor era quedarse corto. El Superglue de alta adherencia no habría conseguido mantenerlos aferrados a la pantalla con tanta firmeza. Ninguno de los tres miró en la dirección de Cande.
—¡Tachan! —bramó ella en un intento de provocar algún tipo de reacción.
Con aire desganado, Ellie y Charlotte apartaron la vista de los jadeantes famosos de tercera categoría. No así Agus, cuyos ojos siguieron firmemente adheridos a los pechos exuberantes y saltarines de Nell McAndrew.
Sus hijas, ya bañadas y enfundadas en sus pijamas con estampado de vaca en blanco y negro, presentaban un aspecto adorable. Ellie se chupaba los mechones de su largo cabello rubio mientras que Charlotte, que apenas tenía pelo aún, se contentaba con el chupete. Su marido, por desgracia, resultaba mucho menos adorable. Estaba repantingado en el sofá, vestido con un chándal que había conocido tiempos mejores —de hecho, el verano anterior Cande había decretado que fuera de uso exclusivo para labores de jardinería—. La barba incipiente le aportaba un tono gris a la cara y le hacía falta un buen corte de pelo.
—¿Parezco una mujer capaz de despedazar a un hombre y comérselo vivo?
—Sí —respondió Ellie, que era toda la aportación que se podía esperar de una niña de tres años. Charlotte, de doce meses, aplaudió con entusiasmo.
Por fin Agus levantó la vista.
—Sí —dijo antes de devolver su atención al televisor.
Sólo hasta cierto punto Cande estaba dispuesta a echar la culpa de semejante letargo doméstico a las presiones del trabajo de Agus. Por término medio, la jornada laboral de los británicos es la más larga de Europa, si es que uno se cree lo que dicen en los periódicos, y en ese sentido Agus no era una excepción. Llevaba diez años con el mismo trabajo monótono, abriéndose paso a diario entre el tráfico, cada vez peor, para acudir a oficinas a reparar equipos informáticos que invariablemente habían sido inundados de café, golpeados con algún objeto contundente o que ni siquiera habían sido enchufados. No sólo estaba destruyendo su alma, sino también el matrimonio de ambos. La aversión de Agus hacia su empleo —o, por lo que parecía, hacia cualquier clase de profesión— estaba pasando factura a la vida cotidiana de la pareja. A los treinta y cinco años, en lugar de salir a buscar un trabajo mejor y más estimulante, Agus se dedicaba a malgastar su vida mientras soñaba con la jubilación. Bueno, pues de ninguna manera iba a malgastar también la vida de su mujer.
Cande se puso con los brazos en jarras.
—¿Sabías que el hecho de ser esposa y madre se considera una ocupación valiosa en algunos países?
—¿En cuáles? —masculló Agus.
—No lo sé —admitió ella—, pero tal vez deberíamos mudarnos a uno de ellos.
La mayor parte de las discusiones que mantenían últimamente tenían que ver con el hecho de que, en palabras de Agus, Cande se daba la gran vida al quedarse en casa cuidando a las niñas mientras que él tenía que salir a ganarse el pan. ¿Acaso el idilio de la vida familiar no consistía precisamente en eso? Todo ese asunto de la emancipación estaba muy bien; pero ¿era verdad que el deseo de la mayoría de las mujeres consistía en hacer malabarismos entre un empleo agotador y una vida doméstica igual de agotadora? Cande deseaba quedarse en casa y cuidar de sus hijas. ¿Qué tenía de malo? Sólo había que fijarse en lo descuidada que se estaba volviendo Lali, y eso que aún no había empezado a trabajar en serio.
Agus se quejaría de su suerte —muy a menudo, por cierto—, pero lo único que tenía que hacer tras una dura jornada de trabajo era sentarse erguido el tiempo suficiente para cenar y luego tumbarse frente al televisor. Cande no terminaba su jornada hasta que caía derrengada en la cama, sin fuerzas para hablar y aún menos para hacer cualquier otra cosa. Y menos mal, porque desde mucho tiempo atrás la actividad bajo las sábanas no era demasiado intensa. Cande podía contar con los dedos de una mano las veces que Agus y ella habían tenido relaciones íntimas desde el nacimiento de Charlotte. Por el contrario, se quedaría sin dedos de las manos y los pies a la hora de calcular las discusiones sin sentido en las que se habían enzarzado durante el mismo periodo.
Cande cogió su bolso. Era hora de marcharse. Pensó en despedirse de Agus con un beso, pero cambió de opinión.
—Hasta luego —dijo.
Agus suspiró profundamente. Se había mostrado en contra de que las niñas durmieran fuera de casa, pero era mucho más complicado ver la televisión con ellas que a solas.
—Sí.
Cande se dirigió al vestíbulo y agarró su cazadora. Antes de ponérsela, se contempló con aire tranquilo en el espejo de cuerpo entero situado junto a la puerta.
«Estás preciosa», se dijo. Bueno, si no exactamente preciosa, desde luego más que pasable. Nada que unos cuantos kilos de menos y un estiramiento facial no pudieran solucionar. Se sujetó hacia atrás las mejillas. Parecía años más joven.
«Bestia sexual —gruñó— Grr...»
De pronto, una oleada de incertidumbre le invadió las entrañas y se quedó mirándose en el espejo cara a cara.
«Eres una bestia sexual —se dijo con firmeza—. Y no permitas que tu marido ni ninguna otra persona te convenzan de lo contrario.»

Capítulo 18

Estoy preparada y deseando ponerme en marcha. Sé que unas cuantas copas de mi viejo amigo chardonnay me ayudarán a ponerme a tono. Apenas me reconozco a mí misma, ya que he sacado uno de mis rutilantes conjuntos antiguos del fondo del armario —curiosamente, estaba justo al lado del traje del entierro— y he encontrado unas sandalias absurdas que hasta la mismísima Allegra ha calificado de súper guay.
Mis dos hijos, milagrosamente, están ya en pijama, proeza por lo general inalcanzable sin varias horas previas de persuasión. Por una vez, todo va sobre ruedas. Además, la canguro ha llegado. No soporto dejar a mis hijos con otras personas y sé que mantendré una batalla constante con mi conciencia para no llamar a casa con el móvil cada diez minutos a comprobar que siguen respirando. Cuando no se sale de casa a menudo resulta inevitable perder la costumbre.
La canguro se llama Vicky y me la ha recomendado una amiga a la que veo con frecuencia en el patio del colegio de Allegra. Según dicen, es muy buena, aunque no sé a ciencia cierta lo que significa ser buena en el caso de una canguro, a no ser que consista en asegurarse de que los niños sigan vivos cuando los libertinos padres regresen a casa borrachos como cubas. Sin embargo, Vicky se ha presentado con su novio, del que no estoy muy convencida; además, se llama Lee y eso me resulta de lo más sospechoso. Todos los Lee que he conocido han sido juerguistas lascivos con más tentáculos que un pulpo. También recuerdo lo que yo me traía entre manos cuando conseguía convencer a alguien de que me contratara de canguro junto a un chico que se llamaba Lee. Los dos recién llegados tienen dieciséis años y, no sé por qué, se me ha ocurrido dejarles en la nevera unas botellas de Bacardi Breezer, y también he echado la casa por la ventana y me he gastado tres libras en una pizza congelada Iceland. Soy una estúpida redomada. Vicky y Lee están «sobándose», como se decía en mis tiempos. Los muslos de ambos se frotan entre sí de manera casi imperceptible y ellos se piensan que no me doy cuenta, aunque no pierdo detalle. Da la impresión de que están deseando ponerse en faena. Ya estoy arrepentida de haber quedado esta noche.
—Estás muy guapa, mamá —suelta Allegra de sopetón.
—Gracias, cariño.
—¿Vas a encontrarnos un padre nuevo esta noche?
No tengo palabras para expresar lo mucho que me duele su pregunta.
Vicky y Lee sueltan una risita. Voy a volver a meter esa pizza en el congelador. Me entran ganas de decirles que deberían tener ambiciones más altas en sus jóvenes vidas, en vez de limitarse a explorar el contenido de la ropa interior del contrario. Ahí fuera hay un mundo gigantesco. Deberían estar haciendo planes para viajar a otros países, escalar montañas o matricularse en la Universidad. Pero mira quién habla. A su edad, yo era exactamente igual. La cúspide de mis sueños consistía en encontrar algún progenitor agobiado que me pagara bien por disfrutar una relativa intimidad en la que besuquearme hasta el aburrimiento con mi novio de turno durante unas cuantas horas.
—Me parece poco probable —el tipo de hombre que voy a conocer en esa discoteca será posiblemente el tipo de hombre del que debo huir como de la peste. Pero claro, ¿adonde acuden las mujeres con apuros financieros, de mi edad y de mi estatus humilde, a encontrar hombres pasables? Contemplo a la pareja de canguros con el ceño fruncido—. No volveré tarde.
Vicky hace un gesto de afirmación.
—De hecho, puede que regrese bastante temprano.
Vicky vuelve a asentir; esta vez se nota un mayor grado de insolencia en la inclinación de cabeza. Lee se ríe por lo bajo.
—A lo mejor estoy fuera sólo un rato. Podría volver en cualquier momento.
Vicky no parece convencida.
—A la cama a las nueve —miro a Vicky a los ojos—. Me refiero a ellos —aclaro mientras señalo a Bruno y Allegra—, no a vosotros.
Mi canguro suspira.
—Sed buenos —entonces me giro hacia Allegra y Bruno—: Y vosotros también.
Con la sensación de que ya me han incluido en el registro de los Servicios Sociales para investigarme a fondo, me encamino hacia la puerta. A mis espaldas, Vicky masculla:
—Venga, vamos a sacar la lengua a mamá.
Pero no puedo morder el anzuelo; de otro modo jamás volveré a tener una vida social.

miércoles, 11 de julio de 2012

Capítulos 15 y 16


Capítulo 15

Peter se introdujo a la fuerza la última cucharada del pantagruélico postre que su madre había servido al final de una cena también pantagruélica. Pensó que en cuanto se mudara a una casa propia la lechuga y el yogur volverían a disfrutar de un lugar privilegiado en el menú. Jamás se le había pasado por la imaginación que pudiera llegar a echar de menos el requesón. Aunque, por otra parte, jamás se le había pasado por la imaginación que él y Eugenia se fueran a divorciar al poco tiempo de comprometerse «para siempre».
Claudia esbozó una sonrisa al contemplar el plato vacío de su hijo.
—Buen chico.
—Gracias, mamá —Peter retiró el paño de cocina que llevaba remetido al cuello, el que su madre se había empeñado en que se pusiese como protección ante su falta de delicadeza a la hora de comer.
—¿Ves? —observó Claudia—. Tanto aspaviento por ponértelo y no tienes ni una sola mancha de natillas en esa camisa tan bonita.
—Sí, es verdad. Ha sido una idea espléndida. Una auténtica inspiración —Peter consultó su reloj—. Tengo que ponerme en marcha.
Su madre frunció el ceño.
—¿A qué hora volverás?
—Tarde —respondió Peter—. Muy tarde.
—Te esperaré despierta —se ofreció ella mientras retiraba la vajilla de la mesa y le arrebataba el plato de postre a su marido antes de que éste hubiera terminado.
—No hace falta, tengo llave.
—Martin, dile algo.
Su padre levantó los ojos del hueco donde había estado su plato de postre sin articular palabra. Por lo general, el padre de Peter no hablaba. Tras una vida entera de crítica constante, había llegado a la conclusión de que el silencio era la mejor política. En los viejos tiempos cuando, según Peter recordaba, su padre expresaba su parecer, Claudia solía señalar de forma contundente que estaba equivocado. Si no se utilizan los músculos con regularidad, sencillamente, se atrofian. Y el músculo que servía para expresar las opiniones de Martin Lanzani se había echado a perder mucho tiempo atrás.
—Escucha a tu padre.
Peter se tragó la réplica de que ella jamás le escuchaba. En cambio, respondió:
—Todo irá bien. Te preocupas demasiado. Ya soy mayorcito, sé cuidar de mí mismo.
Los ojos de su madre empezaron a cuajarse de lágrimas.
—Estás guapísimo.
—Gracias —Peter pensó que ojalá que todas aquellas mujeres disolutas que estaba a punto de conocer opinaran lo mismo.
Claudia ahogó un sollozo en su pañuelo.
—Se te ve tan vulnerable...
—¡Mamá!
—Promete a tu madre que no hablarás con mujeres desconocidas.
—De eso se trata precisamente. Como dice Nico, cuanto más desconocidas mejor.
—Díselo, Martin.
Peter y su padre intercambiaron una mirada, aunque este último tampoco dedicó ninguna perla de sabiduría a su hijo, a punto de lanzarse a la aventura.
—¿Qué vais a hacer vosotros esta noche?
—Tu padre va a lavar los platos mientras yo veo ¿Quién quiere ser millonario? —Claudia miró a su marido como dando a entender que a ella le encantaría.
Tal vez fuera preferible una noche de desenfreno con Nico. Eugenia y él podrían haber llegado a la misma situación pasados unos años, y se preguntó cuándo habría comenzado la insatisfacción por parte de su mujer. Por otro lado, Eugenia no era de esa clase de personas a quienes les gusta salir a discotecas; además, el vino tenía demasiadas calorías. Empezó a reflexionar cómo pasaría ahora su ex las noches con su nuevo novio, pero enseguida cayó en la cuenta de que, en realidad, prefería no pensarlo.
—No me esperes despierta. ¡Ni se te ocurra! —ordenó a su madre—. Si veo una sola luz encendida, le diré al taxista que siga dando vueltas hasta que se apague.
—Tu padre puede ir a recogerte.
—Cogeré un taxi.
—¡Mira que eres tonto! —le amonestó su madre.
Peter le dio un beso en la mejilla. Claudia le ponía los nervios de punta, desde luego; pero era su madre, y gracias a su excesiva dedicación para con su hijo, él había disfrutado de esa clase de infancia llena de mimos que en los tiempos que corrían sólo parecía existir en los libros de Enid Blyton. Fue al alcanzar la madurez cuando se familiarizó con el concepto «decepción». Hasta entonces, sus veranos habían consistido en periodos idílicos que pasaba junto a Nico en un ciclo interminable de sol, ciclismo y natación; de sándwiches de carne en conserva y limonada. En realidad, la vida había sido perfecta hasta que las chicas hicieron su entrada, de lo que Nico también tuvo la culpa. Su mejor amigo incluso llegó a orquestar la pérdida de la virginidad de Peter con Patricia Kemp, y luego insistió en un exhaustivo informe del acontecimiento, algo que Patricia jamás llegó a perdonar, sobre todo después de que Nico compartiera la desfloración de su amigo con la clase de 5º B al completo. Y ahora Peter iba a permitir que su colega volviera a entrometerse en su vida amorosa. ¿Es que no iba a aprender nunca?
Una vez en el vestíbulo, se enfundó la americana. ¿Sería el atuendo adecuado para una discoteca? ¿Debería haber acudido a una sucursal de Ted Baker a comprarse ropa más moderna, o eso habría sido típico de un divorciado entrado en años que ponía demasiado interés?
Su padre le siguió y, después de cerrar tras de sí la puerta del comedor, le colocó una mano sobre el hombro.
—Quiero hablar contigo de hombre a hombre.
—Estupendo —respondió Peter.
¿No era un poco tarde para semejante conversación? ¿Acaso la información que los padres dan a los hijos no habría sido más útil a los quince años, y no dos décadas después?
—Yo, en tu lugar —susurró Martin en tono confidencial—, agarraría a la primera chica que se me pusiera por delante y le echaría un polvo detrás de otro hasta dejarla inconsciente.
—Lo tendré en cuenta —repuso Peter.
Su padre le dio una palmada en la espalda y se encaminó a la cocina. Peter, que no cabía en sí de asombro, observó la batida en retirada. Acto seguido, se miró al espejo.
—Confiemos por mi bien en que esa chica sea Kylie Minogue, y no la vieja señora Hooper, la vecina de al lado.
Se escuchó el pitido de un claxon. Peter se asomó a la ventana y comprobó que su taxi acababa de detenerse; llegaba justo a tiempo. Salió disparado por la puerta antes de que sus padres pudieran infligirle mayores daños emocionales con sus respectivas y particulares versiones de los buenos consejos. Junto al taxi, aguardando con paciencia en la calle, se hallaba la pila de chatarra que antes había pertenecido a la pareja de ancianos. Peter se sintió un tanto canalla por no llevarse consigo aquel cacharro —por el que había desarrollado un enfermizo apego sentimental—, pero lo cierto era que no podía describirse en manera alguna como un imán para las chicas. Cualquier mujer con un mínimo de amor propio echaría a correr con sólo ponerle la vista encima. Claro, que cualquier vendedor de coches con un mínimo de amor propio habría hecho lo mismo. Al día siguiente, Peter tendría que elegir un vehículo más adecuado entre los que tenía a la venta. Tal vez le pidiera a Lali que se encargara de escogerlo. La idea le hizo sonreír.
Avanzó a saltos hasta el taxi y justo en ese momento la anciana señora Hooper se asomaba, renqueante, a su puerta principal para colocar los envases de leche vacíos en el escalón de la entrada.
—Hola, Nicholas —dijo, elevando la voz.
—¡Señora Hooper! —Peter la saludó con un amistoso gesto de la mano mientras desaparecía en el interior del taxi.
«Estas cosas sólo me pasan a mí», masculló para sus adentros.

Capítulo 16

Estoy tumbada en la bañera, tratando de mentalizarme para mi noche de juerga con Cande. No recuerdo cuando fuimos juntas a una discoteca por última vez; por consiguiente, también se me ha olvidado lo que el proceso de mentalización implica. Cuando éramos jóvenes nos pasábamos el día arreglándonos y acicalándonos como preparación para las actividades nocturnas. Hay que ver a lo que me ha conducido semejante actitud: dos padres desaparecidos y una falta de liquidez permanente.
—Mamá, ¿no eres ya muy vieja para ir a discotecas?
—Sí —respondo a mi encantadora hija—. Muchas gracias por recordármelo.
También trato de prepararme espiritualmente para una noche de fiesta con el acompañamiento de un solo de tambor por parte de Bruno. Por mucho que quiera a mi hijo, no puedo decir que esté dotado para la música. Allegra baila al son del tambor. Recuerdo que Cande y yo danzábamos al ritmo de A-Ha, KC and the Sunshine Band y Bananarama. Empleábamos tres horas e igual número de botes de laca Silvikrin en conseguir que nuestro pelo adquiriera la rigidez necesaria para que nos vieran en público. Yo trataba de parecerme a Kim Wilde, mientras que Cande —por razones que sólo ella conocía— se esforzaba por dar la imagen de Sheena Easton. Cuando vuelvo la vista atrás, aquellos días se me presentan despreocupados, libres de tensiones, y jamás imaginé que mi vida se iba a desarrollar de esta manera. Al contrario, me veía casada con Morten Harket o con uno de los miembros de Duran Duran —John Taylor, a ser posible—. Chicos: siempre han sido mi perdición.
—La madre de Stephanie Fisher no va a las discotecas.
Pero es que la madre de Stephanie Fisher es una fastidiosa ama de casa que hornea bizcochos caseros y prepara sus propias bolsas de cumpleaños. No expreso esta opinión, pues quiero evitar que mi hija crezca sin respetar a sus mayores, incluso aunque algunos sean unos pelmazos de tomo y lomo.
—¿No te alegras de que todavía me apetezca pasármelo bien?
Allegra reflexiona antes de contestar:
—Podría enseñarte unos pasos de baile para que no hagas el ridículo.
—De acuerdo, adelante.
Cualquier cosa por mantenerla callada. Ahora bien, tengo la firme intención de hacer el ridículo esta noche, ya que puede transcurrir mucho tiempo hasta que vuelva a tener la oportunidad. Vamos a ir a un espantoso local frecuentado por empleados de oficina donde se lleva a cabo un mercadeo de carne fresca. Además, el precio de las copas es excesivo y la música suena a tal volumen que resulta imposible entablar una conversación. Creo que me va a horrorizar, lo que es un signo evidente de que me estoy haciendo mayor antes de tiempo.
Bruno, toca: Oops! I Did It Again, la canción de Britney Spears —decreta su hermana.
Bruno nunca pierde un redoble, ni siquiera lo cambia: se limita a tocarlo más fuerte. Mucho más fuerte. Oops! I Did It Again parece tener exactamente la misma melodía que En la granja de Pepito. Es curioso. No me había dado cuenta hasta ahora. Renuncio a tratar de relajarme y me hundo entre la espuma de mi gel de baño barato, de la línea blanca de los supermercados Tesco. Me muero por usar un gel de marca —de Jo Malone o algo parecido— que desprenda olor a nardos, además de crema para el cuerpo con minerales marinos esenciales y escamas de oro, a unas ciento diez libras por bote. Ésa es la vida que yo quiero.
Mi hija se lanza a ejecutar giros, vueltas y sacudidas que resultan de lo más indecente para una niña de tan corta edad. En serio, tengo que hacer algo con su tendencia a bailar al estilo de Spearmint Rhino, y debería demandar a Los 40 principales por los destrozos que provocan en mis muebles y paredes. Voy a tener que alimentar a mis hijos a base de judías con tomate y tostadas durante el resto de la semana para poder financiar el despilfarro de esta noche. Mientras los redobles de Bruno me provocan dolor de cabeza, me pregunto si será demasiado pronto para pedirle a Peter un adelanto de sueldo.


Chicas! Solo paso para dejar los capitulos y deciros GRACIAS por las firmas! Perdon por no avisar por twitter!!! Espero que os guste!! Firmen mucho!!!!
Besos! Las quiero!!!!

martes, 10 de julio de 2012

Capítulos 13 y 14


Capítulo 13

Peter recorría de un extremo a otro su oficina. Debido a que el espacio era más bien escaso, el recorrido no resultaba particularmente agotador, pero tampoco conseguía calmarle, tal como había confiado. Ya había atravesado de un extremo a otro el patio de exposición de la tienda de vehículos usados al tiempo que recolocaba los carteles de SE VENDE y se cercioraba de que las poco elegantes banderitas de papel que adornaban el perímetro del solar ondearan debidamente bajo la brisa, pero aquello tampoco había servido para serenarle. Además, era un día muy frío. Por la mañana, el hombre del tiempo de Radio Cuatro —la emisora favorita de los padres de Peter— había anunciado que la primavera estaba en camino, pero no daba la impresión de que nadie hubiera avisado de ello a los elementos climatológicos. Por lo que Peter interpretaba, aún seguían resueltamente estancados en el invierno.
Se detuvo ante el escritorio. Reorganizó sus papeles en montones más ordenados y colocó la silla de confidente en una posición más desenfadada. Camino al trabajo, se había detenido en la frutería del barrio, donde había adquirido un vistoso ramo de flores que ahora procedió a ahuecar en el jarrón que había cogido a hurtadillas de un armario de la cocina de su madre. Las flores aportaban un toque de color muy necesario a un panorama, por lo demás, insulso y más bien mugriento. Tal vez debería haber cogido también un trapo y un aerosol para el polvo. Peter se frotó las manos con objeto de tranquilizarse. Se preguntó si el ambiente resultaba lo bastante acogedor. Durante los meses más fríos, la línea divisoria entre mantener la oficina a una temperatura agradable y calentar el exterior a través de los múltiples huecos en los marcos de las ventanas se traspasaba con facilidad.
Peter hizo girar los hombros en un esfuerzo por librarse de la contractura que los agarrotaba.
«Hola —se dijo a sí mismo—. Peter Lanzani.»
Estiró el brazo y realizó un imaginario apretón de manos.
«Demasiado serio. Demasiado serio. Relájate. Relájate.»
Nunca había imaginado que la contratación de personal fuera una tarea tan abrumadora, pero la agencia de empleo le había advertido que últimamente lo único que querían las mujeres jóvenes era trabajar en el campo de las relaciones públicas y medios de comunicación o en bares de copas de última moda; al parecer, no mostraban interés en destartaladas tiendas de vehículos de ocasión en las que se ofrecían un sueldo bajo, condiciones terribles y expectativas de promoción nulas. Lo que probablemente significaba que Peter iba a acabar cargando con una inadaptada social o una psicópata demente como secretaria de confianza. Aun así, volvió la vista al curriculum colocado sobre el escritorio, en lo alto de un montón de papeles. Parecía extraordinario, de tal forma que Peter estaba decidido a hacer un buen papel para que, con un poco de suerte, aquella joven en particular recibiera una impresión favorable. También se daba la circunstancia de que era el único curriculum que le habían enviado de la agencia de empleo. Peter se ajustó la corbata.
«Hola. Peter Lanzani. tomse asiento, por favor.»
Indicó la silla, colocada en una posición un tanto peculiar. Se hallaba considerando si debía cambiarla de sitio otra vez cuando escuchó una tímida llamada en la puerta de la caseta prefabricada.
Peter volvió a ajustarse la corbata y se encaminó a la puerta. Cuando la abrió, sintió una ligera alarma al encontrarse con la mujer que había conocido en el despacho de abogados, la cual mostraba un atractivo aspecto sonrojado, aunque un tanto sombrío debido al traje de chaqueta negro que vestía. ¿Cómo había dicho que se llamaba? Y, más importante aún, ¿cómo había averiguado el paradero de Peter?
—Mierda.
Peter cerró la puerta. Era un mal momento. Se alisó el pelo y se ajustó la corbata por tercera vez. Se dispuso a volver a abrir la puerta, pero el cuerpo entero se le había paralizado en contra de su voluntad.
Se escuchó otra llamada. Esta vez bastante más contundente.
—Mierda. Mierda.
Antes de que el coraje le abandonara, Peter volvió a abrir la puerta de un tirón.
—Hola —dijo la mujer.
—¿Qué haces aquí?
—Vengo por lo del trabajo.
—¿Por lo del trabajo?
—¿Por qué si no iba a haber venido?
—No lo sé —respondió Peter.
—Será mejor que me presente como es debido —dijo ella—. Me llamo Lali, Lali Esposito. Y lamento muchísimo llegar tarde.
—Ah, ¿sí? —Peter echó un vistazo a su reloj—. No te esperaba hasta dentro de media hora.
Una sombra recorrió el rostro de la recién llegada, si bien sus hombros en tensión parecieron relajarse en cierta medida.
—¿Puedo entrar? —dejando a un lado a Peter, entró en la oficina, la cual examinó con aire consternado.
—¿Esto es todo?
—Me temo que sí.
—No está mal —repuso Lali forzando una sonrisa.
—Lo último que querías era trabajar en un cuartucho. Y cito textualmente —dijo Peter—. Por desgracia, no hay muchos cuartuchos peores que éste.
—Estoy desesperada —admitió Lali con un suspiro melancólico.
—Entiendo.
Sin saber qué hacer, ambos se quedaron de pie, intercambiando miradas expectantes.
—¿Es que no vas a entrevistarme? —preguntó Lali por fin.
—Ah, sí. Claro. Quieres que te entreviste, ¿eh?
—Esa era la idea, creo yo.
—Nunca he tenido secretaria —confesó Peter—. No sé muy bien lo que hay que hacer.
Lali sonrió con timidez.
—¿Qué clase de funciones tienes en mente?
Peter le brindó una sonrisa alentadora. A pesar de su actitud jactanciosa y llena de seguridad, Lali parecía sorprendentemente vulnerable.
—¿Se te da bien preparar el té?
—La verdad es que no.
—Ya. Bueno, a mí sí. Prepararé un par de tazas mientras te pones cómoda.
Peter señaló la silla con el mismo gesto que había ensayado con anterioridad. Lali Agusó asiento y permaneció con el bolso pegado a las rodillas.
Peter se afanó en preparar el té mientras Lali trataba de leer al revés los papeles que había en el escritorio. Peter se fijó en que, al sentarse, la falda se le había subido hasta los muslos. ¿Eran imaginaciones suyas o es que de repente hacía un calor agobiante en la habitación? ¿Acaso los hombres de cierta edad padecen de sofocos? Lali era una monada. Una auténtica monada, más aún de lo que él recordaba, y le sorprendía lo mucho que recordaba acerca de ella, si bien, en un despiste típicamente masculino, se le había olvidado su nombre, si es que alguna vez había llegado a escucharlo. Colocó el té en una bandeja que depositó sobre el escritorio. Entregó un tazón a Lali al tiempo que se percataba de que ella, con ademán nervioso, volvía a colocarse la falda a la altura de las rodillas antes de coger la infusión.
—En fin —dijo Peter—, la agencia de empleo me envió un fax con tu curriculum.
Peter podría jurar que había visto bajar un nudo por la garganta de Lali. Se sentó al escritorio y recogió una hoja de papel.
—«Licenciatura en Ciencias Empresariales.»
Ella esbozó una sonrisa nerviosa.
—Cinco años como ayudante personal de Richard Branson.
La sonrisa se desvaneció del rostro de Lali, quien comenzó a rebullirse en su asiento. Ambos recorrieron con la vista la destartalada oficina.
—Más tarde, un empleo temporal en Nueva York, con Donald Trump.
Lali se había deslizado hasta el borde de la silla y sujetaba el tazón de té a modo de barrera.
Peter le dirigió una sonrisa amable.
—Cuando nos conocimos en el bufete de abogados, me pareció entender que no habías trabajado nunca.
—No me gusta darme bombo —respondió ella con voz tirante.
—Sin embargo, no parece que te importe dar gato por liebre.
Lali se puso de pie y le arrancó el curriculum de las manos.
—Tengo que irme —dijo—. Gracias por el té. El que yo hago es mejor, la verdad.
—Espera.
Peter suspiró. Por alguna inexplicable razón, no podía dejar que se marchara en aquellas circunstancias. Mientras examinaba el negocio de su propiedad, Peter cayó en la cuenta de que lo había descuidado durante un tiempo excesivo. No es que confiara en que Lali Esposito entrara en escena y le convirtiera de la noche a la mañana en un Donald Trump, pero sí necesitaba a alguien que le estimulara a aspirar más alto. Qué extraño. Con Eugenia, semejante actitud le había parecido un fastidio. Pero, en efecto, su pequeño negocio podía convertirse en algo grande si Peter pudiera conseguir organizarse —o que otra persona le organizara— y ponerlo a punto. Para eso no se requería una licenciatura en Ciencias Empresariales. Desde que él y Eugenia habían roto, tenía la sensación de moverse a través de una densa niebla. Apenas recordaba los primeros meses tras la ruptura, en los que carecía por completo de los recursos para dirigir una empresa. Pues bien, había llegado el momento de respirar aire fresco.
—¿Has usado un ordenador alguna vez?
—Tengo una báscula de baño digital —replicó Lali—. Llegar a entenderla es una pesadilla. No creo que un ordenador sea mucho más complicado.
Peter soltó una carcajada.
—Aprendo con rapidez —continuó ella sin respiro—. Me podrías enseñar.
—Lali...
—Mira —le interrumpió ella—, desde la primera vez que te vi supe que existía afinidad entre nosotros. Somos almas gemelas.
—Lali...
—Peter, necesito el trabajo —suplicó ella—. Lo necesito desesperadamente. Dame una semana. Trabajaré una semana y si en ese tiempo no consigo que este negocio funcione como..., como...
—¿Como el imperio de Donald Trump?
—Si no funciona exactamente como el imperio de Donald Trump —prosiguió ella con una sonrisa burlona—, me despides y tan amigos.
—Lali...
—No digas que no, por favor —tenía los ojos cuajados de lágrimas—. Por favor te lo pido, no me digas que no. Me siento incapaz de volver a enfrentarme a esa mujer engreída de la agencia de empleo.
—Lali —repitió Peter con paciencia—, el trabajo es tuyo.
Lali atravesó la estancia, rodeó a Peter con sus brazos y le plantó un beso en la boca. El tuvo que hacer uso de toda su entereza para no desplomarse del sillón.
—Creo que me he enamorado de ti —dijo ella.
Peter notaba la huella de los labios de Lali en los suyos; sabían a fresa, a cereza y a toda clase de frutas de verano. Por alguna intrincada razón, la perspectiva de tener a Lali en la oficina de manera permanente le resultaba de lo más alentadora.
—Me basta con tu gratitud eterna.
Lali, llevada por la emoción, batió las palmas.
—Bueno, ¿y cuándo quieres que empiece?
—Cuanto antes, mejor —propuso Peter, al tiempo que lanzaba una lánguida mirada al papeleo—. No creo que todo esto vaya a organizarse por arte de magia de un día para otro.
—¿Mañana?
—¿Por qué no?
—Entonces, está decidido: mañana. ¿A las nueve?
—Que sea a las diez —sugirió Peter—. Esta noche Nico, que se supone que es mi mejor amigo, me va a sacar por ahí, aunque a rastras. Será mi regreso a la vida de soltero. Vamos a una patética discoteca para solteros y divorciados —hizo una mueca de disgusto—. Estará llena de mujeres de vida alegre, feas y desesperadas, con más hijos que los Von Trapp.
—Suena genial —repuso ella—. Que lo paséis bien.
—No lo soportaré —confesó Peter—. Ni un solo minuto.
Lali se encaminó hacia la puerta.
—¿Y tú? ¿Vas a hacer algo esta noche? —preguntó.
—¿Yo? —Lali soltó un bufido—. No. Me acostaré temprano. Mañana tengo que estar rebosante de alegría y entusiasmo. Quiero impresionar a mi nuevo jefe.
—Te irá muy bien. He oído que se deja convencer con facilidad.
—¿En serio? A mí me han dicho que es una buena persona.
—No des crédito a todo lo que oigas —le advirtió Peter—. No tienes ni idea de lo déspota que puedo llegar a ser.
—Hasta mañana —dijo Lali—. Y gracias otra vez. Te lo agradezco de veras.
—De nada.
—Peter —Lali se detuvo con la mano en la puerta—, lo del título en Ciencias Empresariales es verdad.
—¡No me digas!
—Sí —respondió ella con orgullo—. Bueno, casi. Hice un curso de dos años en la escuela universitaria de la zona. Pero saqué la máxima nota.
—Seguro que podremos sacarle partido —respondió Peter—. ¿Y qué me dices de lo de preparar el té?
—No —Lali se mordió el labio—. Hago un té espantoso.
Peter se encogió de hombros.
—Nadie es perfecto.
—Es verdad.
—Formaremos un gran equipo —aseguró Peter—. Hasta mañana.

Capítulo 14

Sigo a Cande hasta la cocina y mi amiga, que me conoce, se encamina derecha al hervidor de agua.
—¿No están los niños? —la inconfundible ausencia de ruido ensordecedor me ofrece la pista. Además, no da la impresión de que en la cocina acabe de explotar una bomba.
—Ya estaba harta —admite Cande—. Los he encerrado en el sótano.
—Pero si no tienes sótano.
—¡Maldita sea! —responde mi amiga—. En ese caso, deben de estar con la madre de Agus. No te importa, ¿verdad?
—No —contesto yo—. Estoy de tan buen humor que no pienso preocuparme por una minucia tal como que mi mejor amiga y supuesta canguro se quite de encima a mi único hijo varón y se lo transfiera a su pobre suegra.
Yo le endoso mi hijo a Cande y ella se lo pasa a la madre de Agus. Cande no acostumbra a endosarme los suyos, pues sabe que ahora mi madre vive demasiado lejos y no puedo seguir la cadena de transmisión. Así funciona nuestro mundo. Para lo que sirve el marido de Cande, es como si mi amiga estuviera a cargo de una familia monoparental.
—Bueno —digo yo, volviendo a mi tema—, ¿es que no vas a preguntarme?
—¡Claro! —exclama Cande—. ¿Has conseguido el trabajo?
Doy un puñetazo en el aire a la manera de los futbolistas de Primera División cuando marcan un gol particularmente espléndido. Cande se une al regocijo ejecutando unos triunfales pasos de baile.
—Esto hay que celebrarlo —anuncia.
—Desde luego —coincido yo—. Trae las galletas de chocolate.
—Ahora mismo —dice mi amiga, y acto seguido saca la lata de galletas—. ¿Cómo diablos lo has logrado?
—El trabajo es en una tienda de coches de segunda mano. No te lo vas a creer: el dueño es el tipo ese que conocí en el bufete de abogados el otro día. Peter.
—Ah, Peter —Cande hace una mala imitación de mi sonrisa afectada—. El que pensaba que eras una chica sensual y sin hijos.
—Eso es —admito yo—. Y aún piensa lo mismo.
—Vaya...
—Además, se ha dado cuenta de que no sé manejar un ordenador, preparar té ni realizar cualquier otra actividad que en lo más remoto pudiera resultar útil en una oficina —sigo sin tener ni idea de por qué me dio el trabajo.
—¿Te ofreciste a acostarte con él? —mi amiga tampoco tiene ni idea.
—No, nada de eso —aunque, si soy sincera, podría haber contemplado la posibilidad—. Le dije que existía una afinidad entre nosotros.
—¿Y entendió lo que querías decir?
—Sí —respondo yo con aire pensativo.
—Madre mía, sí que es un buen comienzo —Cande retira la tapa de la lata de galletas de chocolate y examina el interior—. Ya sabes que probablemente quiera hacerte cosas antinaturales encima de su escritorio —comenta mientras selecciona un barquillo de chocolate blanco que procede a masticar con deleite. Acto seguido, arquea las cejas con entusiasmo—. ¡Qué suerte tienes! ¿Y si me consigues otro empleo igual?
—Empiezo mañana —le digo.
—¡Genial! Podemos celebrarlo esta noche.
—¿Esta noche?
Cande pone los brazos en jarras.
—¡No me digas que no te acuerdas de nuestra noche de juerga!
—¡Vaya por Dios! ¿Era hoy?
Cande se muestra compungida.
—No me irás a fallar ahora. Llevo semanas esperando este momento.
—Le he prometido a mi jefe que me acostaré temprano.
—No se va a enterar —replica Cande—. Los hombres virtuosos que entienden el significado de la palabra «afinidad» no van a donde vamos a ir nosotras.
Mi amiga se está pavoneando. Su actitud debería asustarme.
—No sé...
—Lali, es mi única noche de libertad —suplica—. Una noche sin Agus. Una noche en la que puedo fingir que no soy una esclava de la casa, con dos niños agotadores y un marido que es apático terminal.
—Bueno... —queda claro que no me asusta lo suficiente.
—Te prestaré uno de mis conjuntos de fulana, de esos llenos de lentejuelas y que se te pegan al trasero.
Me rindo. Mi amiga me lee la mente con la facilidad de Derren Brown.
—De acuerdo. No me dejas opción.
—Y no lo lamentarás —asegura Cande.
—Ah, ¿no? —respondo—. ¡Y yo que pensaba que nos lo íbamos a pasar en grande!