"El cuento ha cambiado, el zapato no se ha encontrado. Caperucita se come al lobo, el principe se vuelve sapo, la princesa tiene estrias, hay que cenar con la madrastra en nochevieja, el hada madrina se jubiló y los enanos trabajan en el circo."

jueves, 14 de junio de 2012

Capítulo 11


Cuando salieron del restaurante, avanzada ya la noche del sábado, llovía suavemente. Era una noche especialmente fría, y el viento era cortante. Peter condujo a Lali hasta el coche y la ayudó a acomodarse.
¿Estás bien?
Al ver que Lali se subía el cuello del abrigo le dirigió una mirada de preocupación.
Estoy bien. Entraré en calor enseguida.
Durante toda la velada, Peter se había llenado de ella, pero parecía que nunca era suficiente. Habían conversado, a veces evitando algunos temas personales para conservar un tono educado en su charla, pero ambos sabían que había otra conversación entre sus mentes y sus cuerpos.
Una vez en el piso, la luz tenue los acogió, creando una atmósfera de calidez e intimidad que hizo estremecer a Lali pensando en lo que sucedería después. La asustaba desearlo con tanta fuerza. Entre ellos había una conexión. No tenía sentido seguir negándolo por más tiempo.
Ahora, tras quitarse el abrigo y alcanzárselo a Peter, se alarmó al comprobar que le temblaban las piernas. Percibiendo su escalofrío, Peter dudó antes de hacerse cargo del abrigo:
¿Aún tienes frío?
No, aquí se está muy bien, es muy agradable.
Siéntate y ponte cómoda. Voy a traer unas copas.
Más alcohol no, por favor –rogó con una sonrisa–. Si bebo más, me veo rodando por el suelo.
Gracias por avisar –dijo con voz grave y sexy–. ¿Qué tal un café?
Estupendo.
Lali se frotó los brazos, se dejó caer en el sofá y se quitó los zapatos. Mientras jugaba con sus pies en la lujosa alfombra, echó una mirada alrededor, deteniéndose en las fotografías familiares de la repisa. Todo era bonito y estaba elegido con buen gusto, pero claramente revelaba más de la hermana de Peter que de él mismo.
¿Por qué no tienes tú una casa?
Impulsivamente, fue hasta la cocina. Peter estaba rellenando de azúcar un bol de porcelana. Parecía a gusto con las tareas domésticas, y a Lali le gustó contemplarlo. Cada vez que Peter se movía, la camisa sugería el contorno de sus músculos; bajó la vista hacia sus nalgas prietas y las largas piernas.
Estuve en un apartamento alquilado en Chelsea hasta que me fui a Nueva York. Para ser franco, nunca sentí la necesidad de tener un lugar permanente. En los últimos años he viajado mucho: Norteamérica, Canadá, Australia... ¿qué sentido había en tener un sitio que iba a estar vacío la mayor parte del tiempo?
¿Y ahora has decidido quedarte en el Reino Unido un tiempo?
Peter paró su actividad, se dio la vuelta y se apoyó en la encimera; sus eléctricos ojos azules contrastaban con la blancura de su camisa:
Estoy pensando en comprar una casa.
¿No la vas a diseñar tú?
Si Lali tuviera las envidiables cualidades de Peter, le encantaría diseñar su propia casa.
La idea se me ha pasado por la cabeza.
Antes de que Lali pudiera reaccionar, Peter estaba frente a ella, deslizando sus manos por los brazos, anegando sus sentidos con su potente virilidad.
Pero depende de si voy a tener o no alguien especial con quien compartirla.
Ya encontrarás a alguien.
Lali apartó su mirada de la sonrisa sensual y hambrienta de deseo de Peter.
Creía que ya lo había encontrado.
Puede que quieras pensártelo de nuevo.
La voz de Lali era un susurro. Levantó la mirada hacia los ojos de Peter, y el corazón le latió con fuerza ante la masculina belleza de su rostro:
–Tengo una hija, ¿recuerdas? Esto no va sólo contigo y conmigo. ¿Tienes alguna idea de lo que es ser responsable de un niño? Toda tu atención se centra en él, y nunca dejas de preocuparte. De eso es de lo que te vas a hacer cargo, Peter, y de algún modo... –se apartó de él y se apoyó en la puerta–, de algún modo creo que no estás preparado para eso.
Peter enmudeció ante la sorpresa. «Hijos...» Honestamente, no había dedicado mucho tiempo a pensar en ser padre. Hasta aquel momento, había relegado la posibilidad a un futuro lejano, convencido de que, cuando llegara la ocasión, si es que llegaba, tendría la madurez suficiente para hacerse cargo... no como había hecho su padre.
Tener a Lali y a Allegra iba a cambiar completamente su estilo de vida. Peter nunca había compartido piso, y mucho menos vivido con una mujer. Había muchísimas cosas nuevas a las que tendría que acostumbrarse, pero no era algo que lo aterrorizara. Sería agradable tener dos mujeres en casa. Y levantarse cada mañana al lado de la mujer de sus sueños era un incentivo que no podía ignorar. No. Lali se equivocaba respecto a él. Él era mucho más adaptable de lo que ella pensaba, y estaba enamorado de ella. Se sentía muy feliz, entusiasmado.
Contemplándolo, Lali decidió que, entre todas las cualidades que poseía, su sonrisa era el arma más poderosa de todas.
–Te equivocas conmigo, Lali. Quiero que Allegra y tú seáis parte de mi vida. Quiero cuidaros a las dos. Puede que no sepa mucho de niños, pero puedo aprender, ¿no te parece? No te voy a fallar. Si realmente crees que esto es un capricho por mi parte, es que no me conoces. Nunca antes me había sentido así por una mujer.
Quitando a Lali de la puerta, Peter sujetó su rostro entre las manos:
¿Qué te parece si nos casamos?
Si una bomba hubiera atravesado el techo, Lali no se habría sorprendido tanto. Sintiéndose mareada durante unos instantes, elevó la mirada hacia los sonrientes ojos azules y se quedó sin habla. ¿Casarse? Era algo que nunca se había imaginado que volvería a plantearse ni por un segundo. Cuando Peter había hablado de comprar una casa y compartirla con ella y con Allegra, Lali había asumido que se refería a que vivirían juntos.
Colocando sus manos sobre las de Peter, Lali las apartó suavemente:
Nos conocemos desde hace poco tiempo. No deberíamos precipitarnos. Probablemente lo haces por mí, pero no tenemos que casarnos para estar juntos.
No era la respuesta que Peter quería oír. Había encontrado a la persona con la que quería compartir el resto de su vida, y no estaba dispuesto a dejarla marchar.
–Te he pedido que te cases conmigo porque estoy enamorado de ti, Lali.
Lali se mordió la lengua:
–También Pablo dijo que me quería. Palabras como ésas salen fácilmente al principio de un romance, y tú siempre has admitido que tu pasado con las mujeres no es bueno.
Atónito, Peter maldijo entre dientes y se apartó:
Así que, ¿no voy a tener la oportunidad de redimirme? Es cierto que nunca antes había querido comprometerme con nadie, pero me duele profundamente que me compares con tu ex marido. ¿Es que no ves que esto es diferente?
Lali quería creerle pero, ¿cómo explicarle que no podía evitar hacer comparaciones con su relación con Pablo, después de lo que le costó recuperarse de aquel rechazo? ¿Qué pasaría si la familia de Peter la trataba con el mismo desdén que los Vaughan–Smith?
–Has visto dónde vivo, Peter. ¿Qué van a pensar tus amigos cuando sepan que te has enamorado de una simple secretaria del sur de Londres, y que además es madre divorciada?
¡No puedo creer que te preocupes por algo así! Sí, he visto dónde vives, y lo que he visto es un hogar, no una estructura vacía equipada con muebles de diseño, sino un verdadero hogar; algo que no tengo desde que era un niño. Y aunque es cierto que algunos de mis amigos pertenecen a ambientes como los que has insinuado, no me importa nada todo eso. Acepto a la gente como es, da igual de dónde sean o a lo que se dediquen, y a los que no me gustan dejo de tratarlos.
En dos zancadas furiosas fue hasta el fregadero, abrió el grifo y llenó un vaso de agua. Después de un largo trago, se volvió hacia Lali y la observó meditabundo:
Y para tu información, tampoco me importa lo que piense la gente. Estamos hablando de ti y de mí: tú decides si quieres estar conmigo o no. Lo único que me importa es que estés segura.
Por supuesto que quiero estar contigo –le confesó en un susurro–. De acuerdo, me plantearé seriamente el vivir contigo, pero no me casaré.
En aquellos ojos verdes había un destello metálico, y Peter sintió el pecho oprimido por la decepción y el dolor. Era la primera mujer a la que le pedía matrimonio, y ella lo había rechazado. Aquello era un duro golpe para su orgullo y su masculinidad. Dejó el vaso de agua sobre la encimera y cruzó los brazos por delante de su pecho.
Si no quieres casarte, entonces tampoco vengas a vivir conmigo.
Enrojeciendo de frustración, y con incredulidad en los ojos, Lali se dio la vuelta y se marchó.


–Quiero que llames a este número de teléfono y me reserves plaza en un vuelo matutino a Nueva York.
Lali miró el papel que Peter había tirado sobre su mesa, y tragó saliva. El sábado no había resultado como habían planeado. Después de decirle que no se casaría con él, las cosas habían ido cuesta abajo. En vez de terminar juntos en la cama, como ambos habían anticipado deseosos, Lali se encontró pidiéndole que llamara a un taxi para volver a su casa. Peter se había negado a hacerlo y había insistido en llevarla a casa en su coche. Cuando Peter se despidió dejándola en la puerta, no dudó en marcharse rápidamente. Lali se encontró con la casa vacía y fría, sin ni siquiera la compañía de su pequeña para consolarla.
Lo haré enseguida.
Estaré fuera la mayor parte de la semana. Si ocurre algo importante, telefonéame directamente. Te he dejado el número de mi casa.
De acuerdo.
Finalmente, Lali se permitió mirarlo a los ojos. La ira que vio hirviendo en ellos la hizo contener el aliento. No quería que las cosas fueran así entre ellos pero, ¿cómo resolver la situación? Pensar en matrimonio la aterrorizaba. La idea de que su unión terminara en un amargo divorcio era su peor pesadilla.
Tengo una reunión con Richard Akers a la una. Prepara un refrigerio, por favor.
Lali asintió en silencio, odiando el tono formal y frío en que se estaba dirigiendo a ella.
Lo tendrás preparado.
–No tengo ninguna duda, Lali. Si algo eres en el trabajo, es profesional.
Antes de que Lali pudiera descifrar qué quería decir con aquello, Peter había cerrado su puerta, dejándola sola contemplando la pantalla de su ordenador en una especie de trance.
Peter miró de nuevo por la ventana. No podía concentrarse, su ira crecía por minutos. ¿Por qué no quería casarse con él? ¡Cualquiera diría que la había insultado! Obviamente no se creía que Peter iba en serio. ¿Qué diablos le había hecho su ex marido para que fuera tan desconfiada? ¿Y qué era todo aquello de que él pertenecía a ambientes distintos de los de ella? Deberían haber hablado más. Pero en vez de eso, Peter había permitido que el dolor y el sentimiento de rechazo tomaran posesión dé él y le hicieran comportarse como un niño mimado que no ha conseguido lo que quiere. ¡No le extrañaba que ella hubiera preferido irse a casa antes que compartir la cama con él!
Aquel pensamiento le dejó deshecho. Desde que la había dejado en su casa, la frustración sexual le había hecho perder el sentido: con sólo mirarla, se excitaba hasta niveles dolorosos. Y encima, se sentía como un ser cruel y despiadado. ¿Cómo podía reparar el daño antes de irse al día siguiente a Nueva York? Al menos tenía que intentarlo, o se pasaría la mayor parte de la semana sin poder trabajar.
Sonó el timbre de su teléfono. Peter se lanzó agresivamente hacia él:
¡Sí!
Victoria Kendall está en recepción y quiere verte, ¿la hago pasar?
¿Qué demonios estaba haciendo su madre en la oficina? Peter dejó escapar un gruñido.
De acuerdo, ve a buscarla y hazla pasar.
En la oficina, Lali se alisó nerviosa la falda, se estiró la chaqueta, se miró en un espejo que había en la pared, y se encaminó con un pretendido aire resuelto hacia la recepción.
–¿Señora Kendall? Soy Lali Esposito, la secretaria del señor Lanzani. Si hace el favor de acompañarme, la llevaré hasta él.
Impecablemente vestida, de pelo castaño claro y ojos azules tan penetrantes como los de su hijo, Victoria Kendall le estrechó la mano con una sonrisa y la siguió a través del pasillo.
–Me imagino que no estará muy contento de verme –confesó alegremente a una sorprendida Lali–. Seguro que se piensa que voy a soltarle otro sermón cuando lo único que quiero es invitarlo a comer. Espero que no tenga ninguna cita importante. Sé que debería haber telefoneado antes, pero, bueno, estaba por aquí y me he dejado llevar por el impulso.
Lali se sintió inmediatamente cómoda con aquella mujer. Victoria Kendall era inesperadamente maternal, a pesar de su apariencia glamurosa.
Tiene una reunión a la una, pero seguro que puede posponerla.
¿Por qué había dicho aquello? Peter la mataría, por no mencionar al engreído Richard Akers.
¡Bueno, eso suena esperanzador! Gracias, querida.
Para sorpresa de Lali, Peter estaba esperando fuera del despacho.
¿Cuál es el problema, madre? Sabes que estoy ocupado.
¡Menuda bienvenida! Mejor me vuelvo a casa.
Con expresión ofendida, Victoria comenzó a moverse hacia la puerta.
Horrorizada por su grosería, Lali salió en defensa de aquella mujer:
–Tu madre había venido a invitarte a comer, Peter, y creo que deberías ir. Puedo posponer tu reunión con Richard Akers para primera hora de la tarde.
¿Por qué debería hacerlo? ¿Y quién te ha pedido tu opinión? ¡Sabes de sobra que me voy a Nueva York mañana, y estoy hasta el cuello de trabajo!
–¡Peter Lanzani! ¿Es que has olvidado la educación que te enseñé? –gritó Victoria, mientras se colocaba frente al gigante de su hijo–. ¡Quiero que te disculpes ante tu secretaria inmediatamente! Es cierto que venía para invitarte a comer. Ella sólo hablaba en mi favor.
–Lo siento, pero estoy demasiado ocupado para salir a comer contigo, madre. ¿Por qué no te tomas un té con Lali, y te relajas unos minutos antes de volver a casa?
–¿Eso era una disculpa? ¿Me he perdido algo? –preguntó Victoria, mirando a Peter con el ceño fruncido, y seguidamente a Lali.
Aquella hermosísima mujer joven de brillante cabello negro había enrojecido un poco, percibió. Además, sus manos temblaban ligeramente cuando ordenó unos papeles de la mesa. ¿Sería aquella la mujer de la que se había enamorado su hijo? Podía entender por qué. Su rostro ceñudo se tornó en una deslumbrante sonrisa sólo comparable a la de su hijo.
–Incluso aunque estés terriblemente ocupado, eso no es motivo para que seas grosero –riñó a Peter–. Pero si realmente no quieres que te saque a comer, a lo mejor a Lali le gustaría tomarse un té conmigo y charlar un rato.
Como un perro policía percibiendo el olor de un criminal, Peter elevó las cejas con sospecha:
A ver, ¿por qué querrías charlar un rato con mi secretaria? –preguntó irritado.
¿Qué podrías tener en común con ella?, Lali terminó la frase de Peter en su cabeza.
Aquello fue demasiado para ella, aquella nota de insultante desdén en su voz. Soltando furiosamente sobre la mesa los papeles que había ordenado con tanto cuidado, se volvió hacia Peter con los ojos echando chispas:
–¿Te sale natural lo de menospreciar a las personas que te rodean, o vas a clases? Mira, para que te enteres, señor Lanzani, llevo toda la mañana aguantando tu mal humor y tu mala educación, ¡y no voy a soportarlo ni un minuto más! ¡A ver cómo te las apañas si me tomo la tarde libre!
Espera un minuto, ven. Yo...
Lali advirtió la ira en su voz y, agarrando su bolso, se encaminó hacia la puerta todo lo rápidamente que le permitieron las piernas. Lo oyó correr detrás de ella y, sin saber muy bien adonde iba, abrió una puerta y se deslizó tras ella, echando el pestillo. Buscó a tientas el interruptor de la luz, y al pulsarlo observó que estaba en el almacén del material de papelería.
¡Lali!
Al otro lado, Peter golpeaba la puerta y accionaba el picaporte.
¿Se puede saber a qué diablos estás jugando?
¡Déjame en paz! No quiero hablar contigo. ¡Tendrás mi dimisión en tu mesa por la mañana!
En el silencio que siguió a sus palabras, lo único que oía eran los golpes de su corazón. Una lágrima resbaló por su mejilla, y se la retiró bruscamente. ¡No permitiría que la tratara como si fuera una subalterna imbécil! Aquél había sido un truco de Pablo, y por nada del mundo iba a dejar que Peter lo repitiera.
Me voy a Nueva York por la mañana, ¿recuerdas? –le dijo con voz grave, teñida de frustración.
–Pues muy bien –le cortó Lali––. ¡Espero que te quedes allí y que no vuelvas nunca!
–No lo dices en serio –contestó Peter, accionando el picaporte una vez más–. Déjame entrar y hablar contigo.
No quiero hablar contigo. No tenemos nada más que decirnos.
–¡Tenemos mucho que decirnos! Abre la puerta, Lali, y déjame entrar. ¡Por favor!
Colocándose el bolso sobre el hombro con firmeza, rodeó la llave con sus dedos:
Voy a abrir la puerta, pero no pienso hablar contigo. De hecho, me voy a ir directa a casa.
En cuanto abrió la puerta, Lali se encontró metida de nuevo en la pequeña habitación, con Peter observándola y cerrando la puerta de un puntapié. La masculinidad de Peter dominaba todos sus sentidos, y, bajo la luz naranja de la habitación, podía ver su cara severa e implacable.
¿Qué... qué crees que estás haciendo?
No me voy a mover de aquí hasta que hables conmigo.
Tu madre está esperando en el despacho. Vuelve con ella. Yo iré a dar un paseo y volveré en una hora. Realmente no quiero dimitir. Sabes que necesito este trabajo, y...
–¿Qué es lo que tanto te asusta, Lali?
La repentina suavidad del tono de su voz la pilló desprevenida.
No quiero hablar de eso. Y no me gusta la forma en que me has hablado, como si fuera inferior a ti. Por favor, apártate de mi camino para que pueda salir.
Lo siento si te he hecho sentir así –se disculpó–. Me he dejado dominar por la frustración. No quería decir nada de aquello. Y ahora, por favor, responde a mi pregunta: ¿qué es lo que tanto te asusta? Pienso quedarme donde estoy hasta que me contestes.
Todo en él era implacable. Lali tragó saliva para aliviar la sequedad de su garganta.
–¡Me asustan mis sentimientos hacia ti, para que lo sepas! No quiero quererte con tanta fuerza, pero lo hago. Me asusta, Peter. Tú estás acostumbrado a estar al mando, a dar órdenes. Estás en la plenitud de tu carrera: tienes éxito y dinero. Ya estuve casada con un hombre que también tenía esos atributos, y que creía que, por eso, era superior a mí. Menospreció mis orígenes, a mi familia. ¡Pensaba incluso que era mejor que nuestro bebé! Sus padres le dieron la espalda a Allegra, ¿sabías eso? ¡A su propia nieta! Cuando nuestro matrimonio terminó, yo no tenía una opinión muy buena de mí misma. No quiero volver a sentirme así en mi vida. ¿Lo entiendes?
Por fin, Peter lo entendió. Al verla llorar, alargó la mano delicadamente, enjugó sus lágrimas y depositó un dulce beso sobre su boca entreabierta.
–Si alguna vez te he hecho sentir menos de lo que eres, lo siento en el alma. Siempre te he tenido como mi igual en todos los sentidos. Haces sombra a todas las otras mujeres, ¿lo sabías?, con tu belleza, tu inteligencia, la forma en que cuidas de tu hija. Eres una persona extraordinaria, Lali. Por eso quiero que seas mi esposa.

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Hola!!! Penultimo capitulo chicas!!! Si hay muchos comentarios esta noche subo el ultimo!!!
GRACIAS por todo!!!
Un beso enorme!!!

miércoles, 13 de junio de 2012

Capítulo 10


Cuando Lali apareció en el salón con el desayuno, Peter estaba dormido. Sus piernas, moldeadas por los vaqueros, sobrepasaban el brazo del sofá, el sedoso pelo castaño le caía por la frente y sus rasgos estaban relajados por el sueño. Mostraba una vulnerabilidad que despertó en Lali todos los instintos de cuidarlo.
Dejó el desayuno en una mesita y se sentó en un sillón cercano a Peter. No pudo evitar reconocer la verdad: estaba enamorada de Peter. Hasta la médula, loca por él.
Cuando Mary había aparecido aquella mañana en su despacho y le había contado lo que le había pasado a Peter, Lali supo que su vida nunca sería la misma si lo perdía. Pero no estaba segura de estar preparada para comprometerse con él, veía demasiados obstáculos para que su relación funcionara.
Salir con aquel hombre suponía poner en riesgo su felicidad y la de su hija, confiando en un hombre que no sabía nada de cuidar de una familia. ¿Qué pasaría si, en unos pocos meses, o quizá semanas, empezaba a sentirse atrapado o aburrido? Los sentimientos que tuviera hacia ella se transformarían en resentimiento.
Pero cómo deseaba estar junto a él. Sólo el hecho de saber que él existía la hacía sentirse bien. En la cama, habían compartido una pasión salvaje y Lali se había sentido hermosa y deseada.
Pero, ¿qué pasaría cuando él la presentara a sus amigos como su antigua secretaria? ¿la mirarían por encima del hombro? Y, ¿qué pasaría con su familia? ¿cómo reaccionarían cuando supieran que su guapo y exitoso hijo se había enamorado de alguien que trabajaba en su oficina? Lali recordó lo desdeñosos que habían sido los padres de Pablo y un escalofrío la hizo estremecer. Nunca más permitiría que alguien la hiciera volver a sentir tan indigna.
Peter se movió en sueños y Lali volvió a la realidad. Se puso en pie y volvió a llevar el desayuno a la cocina. Decidió hacer té y llamar a la oficina para comprobar si había mensajes. Tan pronto como Peter se despertara, vería lo que podía hacer por él, y volvería a la oficina en cuanto fuera posible. Poner un poco de distancia entre ambos la ayudaría a aclararse.
A las cuatro y media de la tarde, Peter telefoneó a Lali a la oficina por tercera vez:
–¿Lali?
–Hola, Peter.
Tomó su bolígrafo y dibujó una carita sonriente en su cuaderno.
Necesito que vengas.
¿Por qué? –preguntó, tensando la espalda ante la idea de que estuviera sufriendo.
Quiero verte antes de que te vayas a casa.
¿Por qué?
Lo oyó maldecir, y tuvo que morderse el labio para no sonreír.
Preguntas demasiado, ¿lo sabías?
Es parte de mi trabajo. Estoy entrenada para cubrir cualquier necesidad de mi jefe.
–Veo que empezamos a entendernos... –susurró Peter con voz grave, y riendo después.
No ese tipo de necesidad. Además, estás herido. No quiero arriesgarme a que te hagas más daño del que ya te has hecho tú mismo.
Cariño, hablar contigo en este tono me hace daño como no te imaginas.
Lali se lo imaginaba, y sintió cómo su cuerpo respondía ardorosamente.
–Si realmente necesitas verme, saldré media hora antes de la oficina y pasaré por tu casa antes de ir a la mía. Esta noche no puedo llegar tarde: tengo que llevar a Allegra a natación.
Te prometo que no te retendré más de lo necesario. Verte aunque sea unos minutos me hará bien.
Lali dibujó otra carita, y esta vez su sonrisa fue todavía más grande.
El delicioso aroma a café recién hecho llenaba el piso. Peter esperó a que Lali se quitara el abrigo, y luego insistió en que se sentara junto a él en el sofá. Se había afeitado y perfumado.
–¿Todo va bien en la oficina? –preguntó Peter.
Todo está bien, no hay nada nuevo.
Peter debía de haber puesto la calefacción, hacía demasiado calor, pensó Lali. Aunque tal vez el sofoco provenía de sentir la musculosa pierna de Peter junto a la suya.
¿Todavía te duele?
Sólo cuando aquellos ojos azules se oscurecieron hasta ponerse grises, Lali se dio cuenta de que su pregunta inocente podía entenderse por otro lado.
¿Estás preparada para que te conteste a eso?
Los dedos de Peter recorrieron la solapa de la chaqueta de Lali y se deslizaron entre la blusa, deteniéndose a poco centímetros de sus turgentes senos.
Has hecho café, ¿traigo un poco?
Levantándose de un salto, Lali se escapó a la cocina antes de que él pudiera responder. Él la siguió, tal y como ella esperaba que hiciera.
¿No quieres que te toque? –preguntó compungido, con una mirada de frustración.
A Lali se le encogió el corazón al darse cuenta de que lo estaba haciendo sufrir.
De verdad, necesitas concentrarte en cuidarte las heridas, no en preocuparte de si quiero que me toques o no.
Enrojeciendo rápidamente, Lali se giró para servir el café en dos tazas que estaban en la encimera. Pero no llegó ni a alcanzar la cafetera.
Con paso seguro, Peter se puso detrás de ella, con su cálido aliento agitándole el pelo. La agarró firmemente por las caderas y se acurrucó en su cuello, acariciándolo con los labios. Lali se arqueó hacia él, convencida de que se derretiría allí mismo si él seguía tocándola de aquella manera. Dejó escapar un gemido de placer y apoyó la cabeza sobre el pecho de Peter.
¡Ay!
El repentino grito no había sido de éxtasis, supo Lali. Sintiéndose culpable, se dio la vuelta y lo encontró sacudiendo la cabeza y con la mano cuidadosamente sobre el pecho.
–¡Te he hecho daño! Lo siento, Peter. ¡Debería haber tenido más cuidado!
Cállate y bésame.
¿Cómo?
Ya me has oído.
Peter sujetó el rostro de Lali entre sus manos y, con precisión y experiencia, la besó. Había anticipado su sabor y su calor todo el día, pero nada podía prepararlo para la desbordante sensualidad de su beso. La respuesta de Lali lo sorprendió y elevó aún más su deseo, enredó su lengua con la de Lali, mordisqueó el carnoso labio inferior, hasta que estuvo tan excitado que tuvo que parar. Sin ganas, se desenganchó de Lali.
Deberían prescribirte en la Seguridad Social. No sabes cuánto mejor me siento después de esto.
–¿Por qué has parado? –le preguntó Lali perpleja.
¿Que por qué...? Cariño, te deseo tanto, que podría subirte ahora mismo encima de la mesa de la cocina, pero creo que ninguno de los dos querría eso, ¿no?
Le gustó verla enrojecer, y se alegró de comprobar que el ardiente deseo era mutuo. Sonrió:
–Además, tienes que recoger a Allegra. No quiero que hagas esperar a tu hija. En cuanto consigas que tu madre se quede con ella, quiero que vengas aquí y pases la noche conmigo. Con costillas rotas o sin ellas, eso no me detendrá de hacerte el amor.
¿Ah, no?
Con la respiración aún agitada, Lali no pudo ocultar el deseo en sus ojos.
Siempre hay formas y medios. Distraeré mis horas solitarias ideando algo.
De acuerdo.
Lali le regaló una dulce sonrisa, y sintió el corazón lleno de alegría. El hecho de que en medio de su apasionado abrazo Peter se hubiera parado a pensar en Allegra le hacía ganar puntos. A lo mejor sí había esperanza para una relación entre ambos después de todo...
¿Qué quieres cenar? No tengo tiempo de cocinar ahora, pero puedo pedir que te traigan algo.
Estoy bien. Mi madre va a venir a prepararme una de sus especialidades. Le encanta cocinar.
Y lo malcriaría si él la dejara. Por primera vez, a Peter no le molestó la idea.
Parece una buena mujer.
Lo es. A lo mejor os presento dentro de poco...
Lali se preguntó cómo resultaría. La asaltó el dolor del pasado, pero trató de convencerse de que la madre de Peter no sería como los Vaughan–Smith.
–Parece un hombre muy agradable –aprobó Loma Esposito mientras se sentaba a la mesa junto a su hija y su nieta para cenar–. Me encantará que Allegra duerma conmigo la noche del sábado para que puedas acudir a tu cita. Te vendrá bien tener algo de tiempo libre para ti.
La yaya dice que podemos hacer un bizcocho de chocolate. ¿Te guardo un poco, mami?
Levantando la cabeza de un tenedor repleto de puré de patata, Allegra la miraba expectante.
¡Más te vale, o tendríamos un gran problema! Sabes que es mi favorito.
–¿La cita es con Peter, mamá?
Lali sintió los dos pares de ojos fijos en ella con gran interés:
–Sí, la cita es con Peter.
Cenarían y volverían, al piso de la hermana de Peter para pasar la noche. Se emocionó sólo de pensarlo.
Bien, le guardaré a él también algo de bizcocho.
Lali sintió que la presión sobre sus hombros descendía. Allegra no había protestado por el hecho de que su madre tuviera una cita, y conocía a Peter y parecía que le caía bien.
«Aún es pronto, Lali... un paso detrás de otro, recuerda», le aconsejaba la vocecita en su interior. El hecho de que Peter pareciera ir en serio no significaba que fueran a tener una relación de cuento. En unos días, volvía a Nueva York para cerrar sus negocios allí, y se encontraría con las mismas tentaciones que formaban parte de su vida antes de marcharse.
–Será mejor que comas, Lali, se te está enfriando la cena.
Al otro lado de la mesa, Loma Esposito entornó los ojos preocupada al ver a su hija tan pensativa. Aquel Peter Lanzani parecía un buen hombre, aunque sólo lo conocía de un breve encuentro. Pero Pablo también había parecido un buen hombre...


Peter observó los planos en el tablero frente a él e hizo un pequeño ajuste. Satisfecho al ver que su corrección suponía una mejora considerable, se separó un poco para tener perspectiva. Un latigazo de dolor en la zona del hombro derecho le dibujó una mueca en la cara. Sus costillas iban curándose bien, aunque todavía le dolían un poco, pero el corte en el hombro era lo quemas le molestaba. Cada vez que le dolía se acordaba de lo estúpido que había sido al subir al andamio con unos zapatos normales llenos de barro. No acostumbraba a ser tan descuidado, pero había estado pensando en Lali en vez de en el trabajo que tenía entre manos.
Al pensar en ella, se dio cuenta de que no tenía ganas de volver a Nueva York. Si hubiera existido la posibilidad de mandar a alguien en su lugar, no lo habría dudado. Pero había asuntos que sólo él podía cerrar, además de un apartamento alquilado del que tenía que devolver las llaves. Y quería despedirse de sus amigos.
En cuanto volviera de allí, Peter buscaría una casa para comprar, una casa que esperaba algún día compartir con Lali y Allegra. Pero primero tenía que convencerla de que iba en serio.
–¿Puedo pasar, Peter?
De repente estaba ahí, y Peter sintió que el dolor de su hombro desaparecía milagrosamente.
Entra y cierra la puerta.
Sólo quería dejarte estas cartas para que las firmaras.
Se quedó en la puerta, sintiéndose extrañamente tímida en su presencia.
Pasa de todas formas. Quiero hablar contigo.
Lali se sentó en un cómodo sillón de cuero frente a la mesa de Peter y colocó las manos sobre su regazo. Con la idea de tranquilizarla, Peter decidió empezar con un asunto neutral.
–He hablado con Nicolas desde la clínica, está bien. Los primeros días fueron un poco malos, pero parece que está decidido a olvidar la bebida y a tomar de nuevo las riendas de su vida.
–¡Eso es estupendo! –se alegró Lali, con los ojos brillando de contento–, ¡sabía que podría!
Es pronto para decirlo, cielo. Le quedan cuatro semanas más en la clínica, entonces veremos.
–No dudo ni por un momento que puede hacerlo –afirmó Lali. Más calmada, se recostó en el respaldo de su asiento–. Tú lo has visto posiblemente en uno de sus peores momentos, pero no es el caso perdido que crees que es.
Yo nunca he creído que lo sea, pero cualquier adicción es una enfermedad.
Da igual, son unas noticias fantásticas. Gracias por decírmelo.
Peter escogió un bolígrafo de un bote junto a él y se puso a jugar con él entre los dedos.
¿Qué dirías si te cuento que probablemente no vuelva a trabajar aquí?
¿Por qué?
He pensado en mandarle a la oficina de Nueva York. Un cambio de escenario puede venirle muy bien: gente nueva, desafíos nuevos, vida nueva...
Creo que funcionaría... Lo voy a echar de menos.
Tú trabajarías para mí.
Preocupado por la reacción de Lali, Peter la miró directamente. Observó un brillo de duda en sus ojos y se le hizo un nudo en el estómago. ¿Realmente la perspectiva le gustaba tan poco?
Como soy el dueño de la empresa, sería un ascenso, por supuesto. Mayor responsabilidad y mayor sueldo... ¿qué te parece?
En otras circunstancias le hubiera parecido excelente, pensó Lali. Pero había prometido a su madre y a Allegra que reduciría sus horas de trabajo para poder estar más tiempo con su hija, y aquella oferta era lo último que deseaba oír. Por no mencionar el hecho de que ahora tenía una relación íntima con Peter.
Sería cuestión de tiempo antes de que toda la empresa supiera que había algo entre la secretaria de Nicolas Riera y Peter Lanzani. Potencialmente, podía levantar mucho resentimiento y hacer su vida más difícil de lo que ya era.
Quería hablarte de eso.
¿De qué exactamente?
De trabajar juntos.
Revolviéndose incómoda en su asiento, Lali se atusó un mechón de pelo:
–Supongo que eres consciente de que a largo plazo no resultaría. No cuando... cuando tenemos una relación personal. Además quería comentarte la posibilidad de reducir mi horario de trabajo. Necesito estar más tiempo con Allegra: he trabajado a jornada completa desde que era un bebé. Está creciendo tan deprisa... y este tiempo nunca volverá. Ya me he perdido cosas de su vida que no tendré la oportunidad de disfrutar de nuevo. Así que, gracias por pensar en mí, pero realmente creo que, dadas las circunstancias, deberías darle el trabajo a otra persona.
–¡Nadie sabe hacer el trabajo tan bien como tú! Tuve trabajando para mí a Mary cuando estabas de baja, y es una secretaria correcta, pero pídele que piense con un poco de rapidez y se arruga como una niñita incompetente. ¡Saca el cavernícola que hay en mí!
Lali rió abiertamente.
¿Y conmigo no sacaste el cavernícola que hay en ti?
Peter frunció el ceño y se sentó de nuevo.
¿Estás diciendo que es difícil trabajar conmigo?
–No –la voz de Lali era firme–, lo que digo es que, si va en serio lo de que tú y yo tengamos una relación personal, no puedo trabajar para ti. Sabes que tiene sentido.
Peter sonrió.
Entonces, ¿buscarás a alguien para el puesto?
–No hasta que vea cómo se desenvuelve Nicolas. Entonces te daré mi veredicto. Mientras tanto, creo que deberíamos mirar cómo podemos reducir tus horas. Entiendo que es importante para ti pasar más tiempo con Allegra.
Gracias.
Después de exhalar un largo suspiro de alivio, Lali se levantó para marcharse.
–¿Adonde vas? –preguntó Peter.
Tengo trabajo que hacer.
Peter se levantó, rodeó el escritorio y se acercó a ella con un destello en los ojos que empezaba a reconocer.
No antes de que me beses.
¡Peter! Alguien podría entrar...
Él fue hasta la puerta y echó el pestillo.
Ahora nadie nos molestará...

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Holaaaa!!!! No se que decir que no sea gracias por los comentarios y las visitas!!!
Me alegro de que os guste tanto, pero con todo el dolor de mi corazon anuncio que solo quedan dos capitulos para el final de la novela.
Disfruten del capi y comenten mucho!!
Un beso grande!

martes, 12 de junio de 2012

Capítulo 9


Lali abrió la puerta de la oficina y sintió un gran alivio al comprobar que era la primera en llegar. Colgó su abrigo con presteza y se sentó, dándose un momento para recuperarse.
Se había acostado con su jefe, y había sido una experiencia mágica e inolvidable, pero ese día tenía que trabajar con aquel hombre y pretender que nunca había sucedido. El domingo por la mañana, al despertarse, el espacio junto a ella en la cama estaba vacío. No encontró ninguna nota, no hubo ninguna despedida... nada. Peter había obtenido lo que quería y se había ido. Por respeto hacia sí misma, Lali decidió que no mostraría que su deserción la había dejado dolida y confusa, aunque seguramente no podría ocultarlo.
Con veintinueve años, divorciada y con una hija de seis años, Lali ya no era una ingenua. Sabía cómo funcionaban los romances de oficina: uno se liaba con un compañero asumiendo el riesgo de que tarde o temprano la relación personal influía en el trabajo; uno de los dos terminaba por marcharse cuando las cosas se ponían difíciles, o si se quedaba, el trabajo se convertía en un infierno.
Lali no tenía ningún deseo de que aquello le sucediera a ella, así que le aseguraría a Peter que ella no iba a reclamarle nada ni hacerle sentir incómodo. Toda aquella charla sobre establecerse en Londres había sido eso: charla.
Lali ahogó un suspiro. Peter podía haber tenido un poco de dignidad... No podía marcharse como si nada, aunque acostarse con ella no hubiera significado nada para él.
De todas formas, no tenía sentido tomárselo a la tremenda. Se obligaría a decirle a Peter que todo estaba bien, así él no tendría que andarse con miramientos, ni sentiría que se había aprovechado de ella. Lali era adulta y se iba a comportar como tal. Aunque se le partiera el corazón.
Al oír voces en el pasillo, se irguió en la silla y se puso a ordenar la pila de papeles que había sobre su mesa. Peter entró seguido por Richard Akers.
–Buenos días, señorita Esposito.
La formalidad del tono de su voz no pilló por sorpresa a Lali, pero le dolió igual. Diciéndose que probablemente era mejor así, los sentimientos de Lali se vieron envueltos en un nuevo torbellino cuando vio que Peter le guiñaba un ojo, y le dirigía una leve sonrisa.
Buenos días.
Dirigió su respuesta a los dos hombres, pero no le sorprendió que Richard Akers apenas la mirara. Aquel hombre tenía reputación de ser un amargado, pero por una vez Lali no se preocupó. Su cabeza estaba en las nubes porque Peter le había guiñado un ojo. Patético.
La reunión con Richard se eternizó durante dos interminables horas. ¡No le extrañaba que Nicolas Riera se hubiera dado a la bebida si trataba con Richard Akers todos los días!
Peter había empezado el día sintiéndose optimista y lleno de energía, pero en aquel momento estaba de bastante mal humor y necesitaba urgentemente tomarse un par de tazas del excelente café que preparaba Lali. Por no mencionar la necesidad de ver a aquella mujer. Si le dirigía la palabra, claro.
Debería darse de patadas por haberse marchado tan temprano el domingo por la mañana, sin ni siquiera despertarla para despedirse. Si quería darle a Lali la impresión de que era un interesado sin corazón, que jugaba con sus sentimientos, sin duda lo había logrado. Se había comportado de manera casi automática, reconoció avergonzado, pero le había invadido un absurdo pánico al sentir que su vida estaba tomando una dirección para la que no estaba seguro de estar preparado. Había necesitado caminar y pensar, y después caminar un poco más. El ejercicio le ayudaba a centrarse.
Peter se había pasado todo el día tratando de ordenar sus pensamientos. Al caer la noche, había tomado la decisión de que iba a dar una oportunidad a la relación con Lali. Entonces Peter había sentido la urgente necesidad de telefonearla para que supiera que la noche del sábado había sobrepasado todas sus expectativas de lo que sería hacerle el amor. Desafortunadamente, Lali no estaba cuando la llamó, y aunque había seguido intentando dar con ella a lo largo de la noche, nadie contestó al teléfono. A Peter le fastidió que no tuviera ni siquiera un contestador para dejarle un mensaje, así que decidió que hablaría con ella en cuando tuviera la oportunidad.
En consecuencia, se había pasado el resto del domingo preguntándose dónde estaría ella todo ese tiempo, y con quién. Era consciente de que se estaba enamorando profundamente de ella, pero estaba absolutamente decidido a dejar que las cosas siguieran su curso, sin anticipar la ruptura por primera vez en su vida.
El panorama que encontró Peter al salir del despacho dibujó en su cara una sonrisa de oreja a oreja: el voluptuoso y encantador trasero de Lali, dentro de su ajustada falda negra, se movía bajo la mesa, donde Lali estaba buscando algo.
¿Necesitas ayuda?
El sonido de la voz divertida de Peter sorprendió a Lali, que se golpeó la cabeza con la mesa. Sintiendo que enrojecía, salió de la zona de peligro y se puso rápidamente en pie.
Su oscuro cabello escapaba de nuevo de las ataduras de la coleta, y sedosos mechones le caían por la cara. El deseo que se había apoderado de Peter al ver el trasero bajo el escritorio aumentó hasta niveles casi dolorosos.
Estaba buscando mi estilográfica.
Levantó la pluma para que él la viera, y la dejó sobre la mesa, tratando de ocultar su vergüenza: ¡qué momento tan indigno para que Peter la hubiera sorprendido!
–Fue un regalo de Allegra, y no quería perderlo.
Lo entiendo perfectamente.
Acercándose, Peter hizo ademán de acariciarle el pelo.
Sobresaltada, Lali dio un salto hacia atrás, y nerviosamente se alisó la falda y se arregló el cinturón mientras intentaba calmar su confusión.
Estaba a punto de preparar café. Antes no tuve oportunidad, cuando Richard Akers estuvo contigo.
Gracias a Dios que se ha ido –sonrió–, ese hombre aburriría a toda Inglaterra.
Lali intentó sonreír, pero los músculos de su cara no funcionaban. Peter la abrumaba, ése era el problema: con sólo mirarla, ella dejaba de pensar con claridad. No estaba dispuesta a que se le fuera la cabeza por un hombre para quien sólo había sido una diversión, nada más. Tantos años sin disfrutar de las caricias de un hombre la habían dejado vulnerable al primer hombre que la había atraído de verdad desde Pablo, y ahora tenía que pagar el precio. Ojalá él no siguiera allí delante mirándola, con aquella sonrisa tan sexy volviéndola loca.
¿No me merezco ni un pequeño beso de buenos días?
Con gran desenfado, Peter cubrió la distancia que los separaba y deslizó sus manos sobre los brazos de Lali. Temblando de nervios, Lali echó una mirada preocupada a la puerta.
–No, no te lo mereces. El mensaje del domingo, cuando me levanté y ví que te habías marchado, fue alto y claro: lo que tuvimos fue sólo sexo, una aventura de una noche. Pero no te preocupes, Peter, no voy a complicarte la vida. Algunos sabemos actuar con un poco de dignidad.
Sé la impresión que te di –enrojeciendo, sacudió la cabeza–, pero tenía mucho que pensar acerca de ti y de mí.
¿Y a qué brillante conclusión has llegado?
No pudo evitar el tono mordaz. Su acción la había hecho sentirse como si ella no valiera nada, él la había utilizado. No importaba que el sexo hubiera sido fantástico.
–He decidido que quiero intentar una relación seria contigo. Eso incluye conocer a Allegra. Te estuve llamando el domingo por la noche para decírtelo, pero no di contigo.
Me dolía la cabeza, desenchufé el teléfono.
Su tono fue frío y distante. Peter no se inmutó:
¿Y bien? ¿Qué te parece lo que acabo de decir?
–¿Que qué me parece? –Lali se apartó de él, cruzándose de brazos– que estás jugando conmigo. ¿Sabes lo cruel que es eso, Peter? Tú ríete de gente como Nicolas, que se preocupan demasiado, pero él por lo menos no creo que haya utilizado a nadie conscientemente.
¡Yo no te he utilizado!
¿Ah, no? –inclinó la cabeza hacia un lado y lo miró amargamente–. ¿Entonces cómo llamas a tener sexo con una mujer y marcharse a la mañana siguiente sin ni siquiera decir adiós?
Las cosas no iban exactamente como había planeado, pensó Peter con frustración.
–Nunca había perseguido a una mujer –admitió, con voz grave–. ¿No te parece que si estoy yendo detrás de ti con tanta insistencia es porque creo que hay algo más que sexo? ¿Qué otro hombre iría a buscarte a un parque de juegos infantil? Estoy hablando en serio de nosotros, Lali, quiero que tengamos una relación en condiciones, ¿por qué no me crees?
Porque no confío en ti.
Ya estaba, lo había dicho. Y curiosamente no se sentía mejor. Observó a Peter: era un buen actor, parecía destrozado...
De repente Lali se sintió terriblemente cansada de aquellos juegos:
Tengo trabajo.
Miró hacia la puerta de nuevo, deseando que se acabara aquel momento tan incómodo para los dos. El corazón le latía con fuerza ante la idea de que su relación no iba a ningún sitio después de todo. Algo le dijo que no iba a poder recuperarse tan fácilmente de aquel desengaño.
Entonces, ¿no vas a darme la oportunidad de enmendar mi error?
No hay nada que enmendar. Ambos somos adultos. Sabía lo que estaba haciendo tan bien como tú. Olvídalo. Yo lo voy a hacer.
Mentirosa.
Repentinamente, Lali se encontró atrapada fuertemente contra el pecho de Peter, y todos sus sentidos se centraron en él. Lali sintió sus pezones duros, anticipando sus caricias, recordando aquella boca sobre ellos, su calor, la forma en que la había hecho estremecer...
¿De verdad crees que puedes olvidarme tan fácilmente?
Bajando la cabeza, Peter depositó un beso explosivo en el hueco entre el cuello y la clavícula de Lali. Ella sintió un apasionado ardor recorrerla hasta la punta de los pies y de vuelta, y tuvo que morderse el labio para ahogar un gemido.
–Eres un hombre implacable, Peter. Hasta ahora no sabía lo implacable que eres.
Soltándose con dificultad de su abrazo, se sentó detrás de su escritorio y se puso a examinar papeles nerviosamente.
¿Por qué?, ¿porque voy detrás de lo que quiero? –preguntó, frunciendo el ceño.
Lali tomó aliento:
Porque no te importa si haces daño a alguien durante el proceso –dijo suavemente.
Estaba equivocada, pensó Peter amargamente. Se arregló el cuello de la camisa y suspiró:
–No quiero hacerte daño, Lali. Si actué como un bastardo el domingo fue porque, hasta ahora, la idea del compromiso no me entusiasmaba precisamente. Pero no quiero perderte. ¿Qué dices, nos damos otra oportunidad? Iremos poco a poco, ¿eh?
La expresión de ella mostraba su conflicto interior. Peter esperaba impaciente su respuesta.
¿Entonces no me estabas utilizando? Conozco tu reputación.
El corazón de Peter casi se paró:
Te juro que no... ¿Cuál es mi reputación?
Incómoda por el giro que daba la conversación, Lali volvió a mirar a la puerta.
–Mira, Peter, sé que no te van las relaciones a largo plazo, y no te culpo por ello. No voy a complicarte la vida. Lo pasado, pasado. Lo mejor es olvidarnos de todo.
La mirada azul de Peter se tornó glacial.
Creía que no te gustaban los cotilleos... Es evidente que has oído cosas que te hacen dudar de mis intenciones, y no crees que pueda querer ir en serio contigo.
Ahora mismo no sé qué creer.
De nuevo, Peter se maldijo a sí mismo por haberse marchado. Ahora le iba a costar mucho convencerla de que no era el bastardo inmoral que obviamente ella creía que era.
–¿Puedes conseguir que tu madre cuide de Allegra esta noche?
Lali lo pensó rápidamente, notaba su frente sudando.
Casi seguro... Sí, seguro que no le importa. Pero, ¿por qué?
Voy a llevarte a cenar para que podamos hablar como adultos civilizados, lejos de la oficina y lejos de cotilleos. Te recogeré hacia las siete y media, ¿te parece bien?
Lali asintió.
Bien. Hasta entonces, te estaría muy agradecido si hicieras algo de café... Ah, y también estaría bien si pudieras transcribir las notas de la reunión de la junta pasada y dármelas.
La puerta se cerró detrás de él con rotundidad, dejando a Lali sola contemplando los papeles en sus manos sin ser capaz de leer ni una línea.
Por la noche, a las ocho menos cuarto, ataviada con su vestido negro favorito y maquillada lo mejor que sabía, Lali se sentó en el sillón bebiendo nerviosamente de una copa de vino blanco. Peter se retrasaba, pero aquello no significaba que no fuera a aparecer, ¿no?
Antes de que salir de la oficina, Peter la había avisado de que iba a pasar por la zona del puerto para ver al contratista antes de ir a su casa. Tenían mesa reservada a las ocho y había prometido que sería puntual.
–Estoy preparada, señor Lanzani –dijo en alto, rompiendo el silencio– ¿Y usted dónde está?
Pasaron las ocho sin que Peter diera señales de vida. Lali fue resignadamente a la cocina y tiró en la pila lo que quedaba de su copa de vino. ¿Por qué no había acudido a la cita? ¿Pensaría él también que una relación entre ambos no era tan buena idea, después de todo?
El dolor del rechazo la golpeó como un puño en el estomago. Se apoyó en el fregadero, y trató de contener las lágrimas. Por lo menos las cosas no habían ido muy lejos: al menos Allegra no había tenido tiempo de encariñarse de Peter y él todavía no formaba parte de sus vidas.
Finalmente, se secó los ojos con el dorso de la mano, apagó la luz, tomó la chaqueta y las llaves del coche y se fue a casa de su madre para recoger a su hija.
Llegó pronto por la mañana, y se alegró de que no hubiera rastro de Peter. Lali trató de distraerse sumergiéndose en el trabajo: encendió el ordenador, y se concentró en las notas de la junta que le quedaban por transcribir y que Peter le había pedido.
Empezó a especular sobre aquel hombre. ¿Dónde estuvo la otra noche, y por qué había faltado a su cita? Ni siquiera había tenido la decencia de llamarla para cancelarla. La había decepcionado por segunda vez. No le daría una nueva oportunidad.
Mordiéndose el labio distraídamente, Lali leyó al menos tres veces lo que había en el monitor, sin enterarse de lo que estaba leyendo. ¿Era aquello un avance de lo que vendría después? ¿Estaba destinada a pasar el resto de sus días laborables con aquel hombre, sintiéndose como una adolescente enamorada?, ¿inmersa en confusión cuando él estaba cerca, con un nudo en el estómago cuando no lo estaba?
–Hola, Lali.
Levantó la vista y vio a Mary entrar corriendo en la habitación, nerviosa.
¿Qué pasa?
¿No te has enterado?
¿De qué?
–De lo que le ha pasado a Peter.
Lali sintió que el estómago se le alteraba:
¿A qué te refieres?
Fue anoche en la zona del puerto. Se escurrió de un andamio y se cayó. Ha pasado la noche en el hospital con una costilla fracturada y un profundo corte en el hombro por el que le tuvieron que dar veinte puntos.
¿Dónde está ahora?
Poniéndose en pie, Lali miró ansiosamente a la mujer rubia. ¿Por qué nadie la había informado de aquello? Pero, ¿por qué deberían haberlo hecho? Ella era tan sólo su secretaria temporal. Y pensar que había pasado la noche entera castigándolo por no haber acudido a la cita... No podía soportar la idea de que aquel hombre fuerte y sano hubiera estado dolorido y solo en el hospital.
–Está en el piso de su hermana en Highgate –le anunció Mary, alargándole una hoja de papel con las señas–. Me llamó al móvil esta mañana y me encargó que te dijera que vayas allí.
Mary se sorprendió ante el ímpetu con que Lali le quitó el papel de las manos.
–Gracias, Mary. ¿Puedes contestar al teléfono por mí? Te llamaré en cuanto esté volviendo.
Agarrando su abrigo y su bolso, Lali se apresuró hacia la puerta.
–Dale recuerdos de nuestra parte –Mary se acercó a Lali sonriendo tímidamente–. Dile que todas las chicas de la oficina desean que se recupere pronto.
Lo haré.
No muy segura de si se lo diría o no, Lali corrió por el pasillo hasta el ascensor.
Le abrió la puerta en vaqueros y con una camisa azul claro abierta hasta la mitad, que dejaba ver el vendaje que le cruzaba el pecho. Tenía ojeras y parecía que no se había peinado en días. Pero para la hambrienta mirada de Lali era todo lo que ella quería en un hombre y mucho más.
Tratando de sonar natural, sonrió:
¿Así que esto es lo que te pasa cuando te dejo solo? Ser arquitecto en estos tiempos es un trabajo muy arriesgado... Seguro que no llevabas el calzado adecuado, ¿te caíste por eso? La última vez que estuvimos allí el lugar era un lodazal.
No podía parar de hablar, estaba tan contenta de verlo en pie... ¡podía haberse matado!
Siento haber faltado a nuestra cita. No tenía tu número de teléfono encima, si no, hubiera hecho que alguien del hospital te llamara.
Inusualmente sumiso, Peter se apartó de la puerta y la invitó a entrar.
El piso de su hermana tenía todas las comodidades de un hogar, con su precioso suelo de parquet, sus muebles suntuosos y una consola de ordenador último modelo, pero la idea de Peter tumbado en aquel enorme y lujoso sofá, solo y dolorido, despertó el instinto maternal de Lali.
No importa. Lo que importa ahora es que te tienes que cuidar. ¿Te duele algo? ¿Te dieron algo para aliviar el dolor cuando estuvieras en casa?
Mientras preguntaba, se fue quitando el abrigo, lo lanzó a una silla y se volvió a examinar a Peter más de cerca. El corazón le saltó en el pecho cuando Peter le sonrió.
Nada más fijar su mirada en la mujer en la que había estado pensando toda la noche, Peter advirtió que el dolor en las costillas, que apenas le había dejado dormir un par de horas, desaparecía milagrosamente como si se hubiera tomado una droga maravillosa. Al contemplar a Lali con su hermoso pelo negro cayéndole sobre los hombros, y sus ojos verdes llenos de preocupación por él, pensó que era la criatura más hermosa que había visto nunca. No necesitaba hospitales ni medicinas para aliviar el dolor, tan sólo necesitaba a Lali.
Parecía que de repente todos los cabos sueltos de su vida encontraban acomodo. La idea era muy excitante, pero también lo aterraba. Después de marcharse el domingo por la mañana y verla al día siguiente en la oficina, realmente pensó que lo había echado todo a perder. Y así como sabía que ella lo perdonaría por no haberla llevado a cenar la noche anterior, a causa del accidente, no estaba tan seguro de que fuera tan magnánima con sus errores anteriores.
Lo llevo bastante bien. ¿Puedes prepararme algo de café? La cocina está por ahí.
¿Has comido algo? Puedo hacerte algo de desayuno también. ¿Por qué no vuelves al sofá y descansas?
No quiero descansar. Quiero hablar contigo.
Peter siguió a Lali a la cocina, y ella insistió en que se sentara en una silla, mientras preparaba el café y unas tostadas. Cada vez que se volvía ansiosa a mirar a aquel robusto hombre y lo veía sujetándose las costillas cuidadosamente, su estómago se contraía. Puso pan en la tostadora, se dio la vuelta y se apoyó en la encimera para hablarle de frente.
¿Qué fue lo que pasó?
Exactamente como tú has dicho –contestó, elevando los enormes hombros como un chico travieso, y sonrió–: calzado inadecuado, suelo lleno de barro, sigo al contratista que sube un andamio y pierdo pie. Fue una suerte que estuviera a poca distancia del suelo. Si hubiera sido más alto, podría haberme quedado en el sitio.
Eso no tiene ninguna gracia.
No, no la tiene.
Aguantando una mueca de dolor, Peter trató de no prestar atención a la sensación de dolor en las costillas.
No deberías haber corrido un riesgo como ése, ¿en qué estabas pensando?
Lali se dio cuenta de que lo estaba regañando, le preocupaba que fuera tan descuidado con su propia seguridad, así que se dio la vuelta y se puso a comprobar cómo iban las tostadas.
Desde detrás, la voz de Peter llegó calmada:
–Estaba pensando en ti, Lali. Estoy empezando a creer que me has hechizado o algo así.
Lali intentó restar importancia a sus palabras:
–¡No digas tonterías!
¡Maldita sea, mujer! ¡Estoy hablando en serio!
Con el corazón latiéndole con fuerza, Lali se irritó ante la reprimenda, pero llegó a ver la mueca de dolor en los ojos de Peter, y los remordimientos la invadieron.
–Por favor, Peter, cálmate. Es evidente que te duele.
–Me duele más porque parece que no me tomas en serio –juró pausadamente–. El que tu marido jugara con tus sentimientos no significa que yo vaya a hacer lo mismo. Quiero tener una relación contigo, Lali... una relación seria.
Al decir aquello, Peter sintió una ola que lo recorría entero. Hasta aquel momento, no había sabido qué era lo que quería. Pero la huida del domingo lo había cambiado todo.
Lali se quedó helada.
–Nunca funcionaría, Peter. Tú eres quien eres y yo... yo... Además, no sería justo para Allegra.
–¿Tú, qué? –la interrumpió Peter, sin preocuparse en disfrazar su irritación–. ¿Qué me dices de tus necesidades, Lali? ¿Vas a seguir soltera durante los próximos quince años, hasta que Allegra sea lo suficientemente mayor para irse de casa y tener su propia vida?
Eso sería mucho mejor que confundirla con montones de hombres diferentes entrando y saliendo de mi vida.
–¿Montones de hombres diferentes? –preguntó Peter, levantándose lentamente de su asiento–. ¿Has escuchado algo de lo que te he dicho? Estás tan segura de que todo lo que quiero de ti son unos cuantos revolcones y nada más... Sé que mi pasado con las mujeres no es buena referencia, pero ahora te he encontrado a ti, ¿no lo ves? Yo era cínico respecto a las relaciones largas: vi cómo el matrimonio de mis padres se desintegraba delante de mis ojos, y me enfureció que no pudieran arreglarlo. Después de ver a mi madre destrozada por las continuas infidelidades de mi padre, pensé que sería mejor tantear el terreno un poco antes de ir en serio con alguien. Ahora me doy cuenta de que me equivoqué al tomarme aquellas relaciones tan a la ligera. Seguramente hice daño a algunas de aquellas mujeres porque no quise comprometerme, y lo lamento; no se lo merecían.
Se encaminó hacia la puerta.
–Piénsalo, Lali. La próxima semana me voy a Nueva York unos días para cerrar algunos negocios. Cuando vuelva, me gustaría que me dijeras si quieres que nos juntemos.
–¿Juntarnos? –Lali lo contempló sorprendida y asustada– ¿Te refieres a... vivir juntos?
–No inmediatamente, pero ésa es la idea. Sé que te preocupa el efecto que pueda tener sobre Allegra, pero te prometo que no pienso precipitarme. Me gustaría que nos fuéramos conociendo mutuamente, incluida Allegra. Luego, pasado un tiempo, me compraría una casa en Londres.
Lali olió a quemado. Se dio la vuelta justo cuando la tostadora expulsaba el pan carbonizado. Con manos temblorosas, tiró las tostadas a la basura, y levantó la mirada hacia Peter de nuevo. Estaba apoyado en la jamba de la puerta, con una palidez preocupante.
–Haré otras tostadas. ¿Por qué no vas a tumbarte en el sofá, y ahora te llevo una taza de café? Por favor, Peter. No deberías estar levantado.
¿Has escuchado algo de lo que te he dicho? –le preguntó frunciendo el ceño, cansado.
El corazón de Lali se moría por él, pero debía ser cautelosa. Su pasado con las mujeres no era una buena referencia. ¿Por qué iba a ser ella la excepción a la regla?
Claro que te he escuchado. Y te prometo que pensaré en ello. Pero ahora tu salud y tu comodidad es lo único que me preocupa.
Qué pena no haber robado un uniforme de enfermera del hospital. ¡Verte vestida con eso, con unas medias negras y un liguero le hubiera venido muy bien a mi salud y a mi comodidad!
Divertido al ver la reacción de Lali, tanto como excitado por la fantasía que acababa de crear, Peter se volvió obedientemente al salón y se tumbó en el sofá.

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Lo prometido es deuda, vosotras cumplisteis y yo también!!
2º capitulo del dia!! espero que os guste!!

Pd: avisadme en el comentario o por twitter si queréis o no que os avise cuando suba capitulo por favor, no quisiera resultar pesada avisando a personas que no lean la nove...

GRACIAS por TANTO!!